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Luis Tosar: “Cada uno interpreta la patria a su manera”

Gallego y con un acento suavísimo, Tosar habla despacio por teléfono. Es atentísimo y sonríe cuando le hablamos del esfuerzo de su trabajo, de que es un actor que sabe empuñar un arma estupendamente y roba como nadie: «Eso es todo un cumplido que hay que agradecer de corazón. Gracias, de verdad», responde. Está acostumbrado –y bien acostumbrado– a los papeles que poseen carga dramática, a los personajes de una sola pieza.Los selecciona concienzudamente y entre los que ha dejado a un lado figuran intervenciones en las exitosas series «Prison Break» y «Juego de Tronos». Tampoco se le caen los anillos si tiene que cambiarle los pañales a su bebé, León.

Cuando tuvo que enfrentarse al teniente Martín Cerezo, un personaje real, atormentado por diferentes circunstancias de la vida, durísimas, le modeló pero sin que este hombre robusto le comiera el terreno: «Estuvimos muy atentos a que no se nos perdiese en la solidez, en la rectitud que exhibe, en el patrón militar con que se conduce. El director y también yo, insistíamos en humanizarle, aunque fuera a través de pqueños matices. Es un militar del ejército que capitanea a medio centenar de soldados en «1898. Los últimos de Filipinas», ópera prima de Salvador Calvo.

–¿Trató de comprender a este hombre? Está marcado por dos pérdidas tremendas, la de su esposa y la de su hija, que en cierto modo le trastornan.

–Intenté entenderle. El reto al que nos enfrentábamos era transmitirle un atisbo de vulnerabilidad, un poco de corazón.

–La atmósfera en la que trabajaron durante el rodaje fue dura en el sentido de que las condiciones lo fueron.

–Así es, fue porque el entorno lo era. La gran apuesta era recrear el estado de paranoia y psicosis al que habían llegado estos hombres, mi personaje en particular. Esa sensación de sospecha permanente del que tenían al lado casi obsesiva, que creo está recreada con enorme acierto. Un escenario en el que nadie se fiaba de nadie y no se daba el brazo a torcer. Era un universo un poco extraño y sospechoso. Ahí reside en gran parte el acierto de la película.

–¿Y hasta qué punto es el personaje al que da vida a alguien cuyo comportamiento es comprensible o incluso excusable?

–No sé si sería más correcto decir que explicable. Martín Cerezo antes de perder el honor es capaz de hacer cualquier cosa, desea salir con honra de aquella iglesia que es una trampa mortal, en la que están todos sus hombres confinados y en la que los va viendo morir poco a poco. La idea del asedio y de la malnutrición y las enfermedades que padecen había que plasmarla claramente.

–Pero, ¿se le puede llegar a entender?

–Hay poderosas razones para comprenderlo. Las pérdidas de sus seres queridos, su mujer y su hija, le han dejado tocado. Él, como militar cree hacer lo que debe.

–A un personaje tan denso, ¿cuesta sacárselo de la piel?

–Uno, al final, hace su oficio. Yo he convivido con este teniente y vas bien mientras no afecte a tu vida. Tienes que aprender a llevar esa tensión a cuestas lo mismo que saber soltarla y relajarte. Además, el trabajo con los compañeros ha sido estupendo.

–Conviven veteranos de la interpretación, como usted, Eduard Fernández, Javier Gutiérrez y Carlos Hipólito, entre otros, con una generación más joven cuartida en el teatro y la televisión.

–Así es. Y nos ha ido fenomenal, porque es como recibir un regalo del cielo, son mágicos, poderoso y generosos.

–En algunas tomas aréas el filme puede recordar a «Apocalypse Now».

–Por supuesto que existen referencias que están muy presentes a la cinta de Coppola y yendo a la génesis no puedo por menos de nombrar a Joseph Conrad y su libro «El corazón de las tinieblas», que recuerde de manera permanente. El director ha tratado de recrear el infierno personal que viven los protagonistas. Los exteriores en Guinea se asemejaban a aquellos parajes de Filipinas, había algo que los hacía acercanos, con esa vegetación tan espesa. Te diré, como anécdota, que en la isla filipina de Baler, donde transcurrió el hecho histórico que se narra en la película, rodó Coppola algunas de las secuencias de «Apocalypse Now».

–¿Le impresionó la historia de este puñado de hombres que llegan a darlo todo por su patria?

–Es bastante representativa de lo que es España. Tenemos capacidad de hacer cosas grandes que se convierten en raras cuando nos dispersamos y otros nos comen el terreno. Recuerdo que en un viaje a Perú me enseñaron el Museo del chocolate, me contaron su historia, cómo era la receta del cacao, que llegó a España, que fue de un lado para otro y, sorpresa, el final era que la primera chocolatería la abrieron en Inglaterra. Y esta película tiene mucho de ese absurdo. A ellos les dejaron olvidados, luchando por algo que ya no existía.

–La idea de patria, tan en la boca de todos últimamente.

–La patria tiene que ser un pensamiento estrictamente personal, entre los que lo tienen claro y aquellos que no lo desean entender. Es un término peligroso porque cada uno lo interpreta a su manera. En la cinta se incide en la parte más humana, son hombres que la defenderán hasta sus últimas consecuencias. No es una película maniquea.

–He leído que su próximo trabajo será una comedia.

–Y es una alegría para mí, que me río cuando interpreto dramas. Será con Daniel Monzón, un tipo bastante divertido y empezaremos a rodar hacia marzo de 2017.



Fuente: La Razón

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