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«Mamá, ¿qué es ETA?»

Adriana juega con su perro volador que lleva sobre sus lomos a su barbie rubia favorita. La sonrisa no se le borra de la cara y la hiperactividad de la pequeña es envidiable para ser las nueve de la mañana. En breve entrará al cole y no para de preguntar a su madre cuándo se encontrará con sus amigos. Dice que de mayor quiere ser pintora, de ahí que sea una niña que disfruta como nadie cuando Aiala, su madre, la lleva a Madrid a ver el Museo del Prado. Es más, confiesa con mirada tímida que ese le gusta más que el «otro» que le llevó a ver su mamá, un memorial a las víctimas de ETA ubicado en Vitoria. «Intento explicarle lo que hemos vivido aquí, pero sin forzarla, no quiero que crezca con angustia», dice. Adriana nació el 5 de septiembre de 2011 en Bilbao, una fecha que para el resto de españoles puede ser una marca más en el calendario, pero que para los vascos tiene un significado especial. Un mes después, ETA anunciaba su desarme.

Esta pequeña de siete años no sabe lo que es vivir atemorizada por la serpiente etarra. Nació en libertad, como el resto de los 21.155 niños que lo hicieron ese mismo año y que conforman la generación vasca del fin de la violencia. Un año antes, los terroristas habían perpetrado su último atentado. A ella esto le suena a chino, pese a que su madre nunca le ha ocultado la realidad. Es más, Adriana, que es curiosa e inquieta, le pregunta a su madre cuando ve carteles de presos o manifestaciones. La primera vez que Aiala recuerda que la pequeña se interesó por saber, a su modo, qué ocurrió durante 60 años en el País Vasco fue el año pasado, durante los actos del aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco. La pequeña bilbaína, que cuando se le pregunta de dónde es lo primero que menciona es España y luego Bilbao, dijo: «¿Mamá quien es ese chico que sale en la tele? «Yo le expliqué lo que le habían hecho y por qué. Intentas adaptar las palabras a un lenguaje que ella pueda comprender, sin demasiados matices, porque soy partidaria de que conozca la verdad, pero tampoco quiero asustarla, es muy pequeña», insiste Aiala. «Pero, mamá, por qué querían echar a Miguel Ángel de su casa?», insiste la pequeña. «Porque no pensaba como ellos», le explica. No lo entiende. Adriana no comprende por qué si piensas diferente a otras personas te hacen daño. Por suerte, en el contexto en el que ella está ahora no se respira ese ambiente que impregnaba el País Vasco durante los años más duros de ETA. Cuando mataban al dueño de la tienda de abajo o pegaban un tiro a un hombre a la salida de su casa. Quizá para ella esto solo ocurre en las películas. Pero ahí esta su madre para que esto no se olvide. «Es necesario que conozca la verdad, poco a poco, pero no se puede hacer borrón y cuenta nueva. Quiero que se sepa el esfuerzo que hemos hecho los defensores de la paz y la convivencia durante décadas. Es cierto que la mayoría de los padres prefiere no hablar de nada de estos a sus hijos y cuando me ven a mí hacerlo les incomoda, pero yo creo que forma parte de nuestra historia y que para que no vuelva a ocurrir deben de conocerla», asegura.

Aiala, socióloga, sabe bien de lo que habla. Dio a luz con dos escoltas en la puerta del hospital. Su pasión política le llevó a ser concejala en Erandio, un pueblo de Vizcaya. Afortunadamente, Adriana no tendrá que vivir las terribles experiencias que le tocó sortear a su madre, simplemente por ser defensora de la paz y el entendimiento. «Además de tener que ir con seguridad permanente ante la posibilidad de que atentaran contra mí, la convivencia era complicada. Había vecinos que me tiraban las bolsas de la compra al salir del supermercado, no me daban hora en la peluquería… y eso es lo de menos, porque también había “comandos” en la puerta de mi casa», dice. Su hija la mira sin entender por qué a su madre la hicieron todo eso. «Pero entonces había gente mala que no quería a otros, ¿no?», pregunta Adriana. «¿Y qué es una guerra?», añade

Sus preguntas fluyen con la rapidez y la inocencia de un menor que intenta encajar en su mente una serie de comportamientos que, a diferencia de generaciones anteriores, no llega a comprender por qué no ha debido enfrentarse a ellos. Es más, cuando sea mayor y pueda salir con sus amigos de fiesta tampoco vivirá lo que sí sufrió su madre y su cuadrilla de amigos. «Cuando estábamos por ahí de noche pasándolo bien con los amigos, de repente venían los “borrokas” y teníamos que refugiarnos en algún sitio. Pero bueno, lamentablemente ya era una rutina. Como cuando hacían barricadas en las carreteras o manifestaciones por las ciudades», apunta.

«En ningún momento ella se imagina que yo he estado en peligro, porque además cuando cumplió los cuatro años renuncié voluntariamente a la escolta. Quería que Adriana tuviera una vida normal, que no sufriera lo que hemos tenido que sufrir nosotros», asegura.

Adriana tampoco entiende que haya gente que no quiera ser española. «Pero mamá, si hemos nacido en Bilbao y esto es España ¿no?», le dice la pequeña. «Claro, hija, pero hay gente que sólo quiere ser de Bilbao», le responde con cara de extrañeza mientras dibuja unos corazones en un folio. Ella va a un colegio privado, «porque en los públicos sigue sin existir una educación en castellano. Y yo hablo euskera y le enseño algunas palabras a mi hija, pero quiero que tenga una educación que no esté condicionada, que sea libre. Es más, me gustaría que en el colegio les contaran lo que ha sido ETA, pero para que se lo cuenten mal prefiero hacerlo yo en casa. Esto es algo que debería aparecer en los libros de texto, porque blanquear lo ocurrido no hace bien a nadie», sentencia Aiala. «Nunca viví con miedo por mí, pero sí por mis seres queridos, y espero que mi hija no tenga esta sensación nunca», añade.

Su historia no es una aislada, sino que se repite en el seno de otras familias como la de Miguel, de 48 años, un ertzaina que ha vivido en primera persona la muerte de amigos y que se ha pasado media vida mirando debajo de su coche para comprobar que no le habían colocado una bomba lapa. Su hijo Manuel, de nueve años, « no es consciente de lo que he vivido, pero prefiero que cuando tenga dudas me las pregunte, en vez de ser yo el que le explique directamente. Cuando llegue el momento y tenga la capacidad de comprenderlo le daré todos los detalles que necesite», explica Miguel. «Si se lo hubiera dicho antes, si le hubiera explicado que ETA mata a policías y que su padre es policía le podría haber generado un trauma. Incluso, si entre sus amigos hubiera dicho que su papá es policía podría haber sido un problema. Afortunadamente, cuando Manuel sea adolescente esto ya no tendrá que vivirlo», dice. Por supuesto, él que sabe lo duro que ha sido ser ertzaina durante los años en los que fueron objetivos de los ataques terroristas. Asegura que si su hijo decidiera tomar el mismo camino que él no se lo impediría. «Por supuesto le diría que tuviera cuidado», añade. Según este padre de familia, se necesitará al menos dos generaciones para que las heridas comiencen a cicatrizar y para que la fractura social se resuelva. «Cuando yo tenía 14 años estábamos rodeados de pintadas, manifestaciones, violencia callejera. Me da mucha tranquilidad que mi pequeño no tenga que enfrentarse a todo eso. Yo lo tengo todo grabado en la mente y sé que no se me olvidará. Son cicatrices que estarán ahí para siempre», dice.

Heridas abiertas que también recuerda Verónica, madre de Egoitz, de ocho años. A ella se le quedó grabado a fuego el atentado en el que resultó herida Irene Villa. «En mi casa preferimos no sacar el tema por el momento. Egoitz no sabe lo que es un atentado terrorista, ni lo que es la violencia. No sé si hacemos lo correcto al tenerle en esta especie de burbuja, pero quiero que crezca como un niño feliz», dice. La infancia de Verónica no fue sencilla debido a la brutalidad etarra que imperaba en el País Vasco. Ella también es de Bilbao y recuerda una escena que le tocó vivir cuando tenía once años. «Era el día de las banderas, cuando los independentistas exigían quitar la bandera de España del Ayuntamiento de Bilbao. Recuerdo estar con mis padres por la calle y ver cómo venían tanquetas de ertzainas que se dirigían a un punto donde los “borrokas” habían instalado barricadas. Empezó a liarse y me perdí. No encontraba a mis padres. Un señor mayor me ayudó. Lo pasé muy mal. Afortunadamente para mi hijo, ETA no existe porque no han tenido que vivir en su día a día lo que hacían», confiesa.

Para ella lo más importante es que Egoitz podrá ser libre, hablar sin miedo y decir lo que piensa sin que nadie le pueda hacer daño por ello. «Nosotros teníamos que callar cuando teníamos su edad. Cuando dé el paso de contárselo creo que no lo entenderá, porque si no lo has vivido cuesta imaginar que aquello fue verdad», apunta esta mujer que trabaja como cocinera en la capital vizcaína.

Si no que se lo digan a Nerea, que trabaja como profesora en una ikastola en Vizcaya. Sus padres tuvieron que salir de Vergara «porque allí se vivía en miedo continuo. No se podía hablar de nada, ni siquiera decir que te ibas de vacaciones, porque si lo hacías los etarras intuían que tenías dinero y comenzaban a extorsionarte», dice. Ella comparte la perspectiva tanto de madre de un pequeño de ocho años como la que le aporta ser profesora para alumnos más mayores, los de Bachillerato. «A mi hijo no le he explicado todavía nada, porque es verdad que afortunadamente ya no existe ni la presión social ni las manifestaciones ni hay carteles de presos por las calles como antes. Por eso tampoco le ha surgido ninguna duda. Pero cuando la tenga le contaré mi propia experiencia, el horror del terrorismo y le diré que la vida humana es sagrada y que nada justifica un asesinato», analiza.

Como profesora de filosofía y tutora de Bachillerato, Nerea valora un programa educativo a través del cual llevan al colegio a víctimas del terrorismo para que cuenten en primera persona su experiencia. «No se puede olvidar lo que nos han hecho; hay que conocer la historia de nuestro pueblo para que nunca vuelvan a cometerse barbaridades como lo que ha hecho ETA».

Su hijo, los hijos de personas como los de Nerea vivirán en paz, en libertad, sin miedo a que nadie quiera arrebatarles su vida por pensar diferente. Ellos construirán una sociedad sana alejada de la violencia, pero sin dejar a un lado un capítulo negro de la historia de España como el que desgraciadamente escribieron los etarras.



Fuente: La Razón

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