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Marc Recha reescribe «La isla del tesoro»

Cuando Marc Recha tenía ocho años su juguete preferido era una cámara de Super 8 con la que hacía auténticas virguerías. Cogía a su hermano, se iban fuera de casa, y en cuestión de minutos ya habían empezado una película de zombies, de extraterrestres, de vaqueros. Había malos y buenos, por supuesto, pero el que siempre ganaba era Marc. «Entré en el cine por las películas de género, me encantaban», confiesa.

Ahora ya no tiene ocho años, sino unos cuantos más, incluso hace unos 30 que filma sus propias películas, pero el principio siempre es el mismo: intentar rodar una de esas películas de género que le tenían obsesionado de pequeño. Sin embargo, cuando comienza a imaginar su siguiente filme, algo se cuela de por medio, una especie de fiebre que se apodera de él y convierte todo lo que toca en personal, vivencial, de autor. Los zombies, las «femme fatale», los vaqueros devienen personajes cercanos, en un paisaje, en su propio hijo, en cualquier cosa que le afecte en su día a día. «Es una paradoja, pero siempre pasa lo mismo. Tiras para adelante y en ese proceso se mezcla mi otra pasión, mis lecturas, y el género se pierde», reconoce el cineasta. La literatura siempre ha formado parte de la vida de Recha. «Empecé a leer a los doce o trece años, con amigos que tenían 15 o 20 más que yo y que me recomendaban sus libros de cabecera. Eso es empezar con buen pie, de Pío Baroja a Josep Pla, de autores americanos a franceses. Todas mis ideas las saco de mis libros. Para mí el cine es mi vida. Quién quiera saber quién soy sólo ha de mirar mis películas, allí está mi autobiografía. Cuando acabo una necesito que pase un tiempo para volver a vivir, para volver a llenarme e impregnarme de ideas, de motivación y deseo. Eso lo consigo a través de los libros», confiesa.

Tanto es así, que no duda en afirmar que algún día se atreverá a publicar su propio libro, que no se diferenciará mucho de sus películas, suponemos, y también reflejará quién es él y cuáles son sus preocupaciones en ese momento. «Tengo cosas guardadas y he intentado escribir varias, pero reconozco que es difícil y todavía no es el momento para ponerse en serio», reconoce Recha, una rara avis en esto del cine incluso en sus influencias.

La última prueba de la íntima relación entre cine, vida y literatura es «La vida lliure» («La vida libre»), su nueva película, que podríamos bautizar como su aproximación al cine de aventuras. La historia nos lleva a la Menorca de 1917, una isla cercada por los ecos de la Primera Guerra Mundial y una epidemia de gripe que amenaza con devastar la calma y la belleza de un paisaje abrumador. En ese escenario aparecen Biel y Tina, dos niños que viven con su tío tras la muerte de su padre, un pescador sin suerte, y la huída de su madre a Argelia en busca de trabajo y estabilidad para sus hijos. «Quería fundir lo que había aprendido de Josep Pla en sus “Aigua de mar”, que describe los hundimientos de barcos por parte de los submarinos alemanes en la Primera Guerra Mundial, y la autobiografía de Albert Camus, cuya madre y abuela eran menorquinas, y explica sus experiencias», afirma Recha.

El catalizador de la historia, el que dará forma y fuerza al relato, será el personaje de Rom, interpretado a la perfección por Sergi López, un marinero catalán que se refugia en la isla y que se tropezará con los niños. A través de sus historias y su impulso, los pequeños empezarán a imaginar una vida mejor y convertirán su existencia en esa aventura en la que todos queremos perdernos de pequeños. «Se habla mucho de nuestra amistad, pero lo principal es que Sergi es un gran actor, una bestia capaz de meterse en cualquier papel. Hemos hecho tres películas juntos y sí, puede que escriba pensando en él, pero después tiene la libertad de llevarlo a su terreno y sorprenderme siempre», confiesa.

La película, así, crea dos fuentes de atracción. Por un lado, la fuerza de un paisaje que, a través de un detallismo lírico, nos ancla en la tierra; y por otro la fuerza de la palabra oral que nos permite alejarnos a cualquier parte a pensar de los rigores de la tierra. «Lo más difícil del mundo es rodar lo intangible, lo que no se puede ver, y uniendo estos dos factores se crea un juego de espejos que forja una especie de reflejo invisible. La película coquetea con la aventura, como si fuera “La isla del tesoro”, pero busca dibujar esa invisibilidad», subraya Recha.

El realizador tiene mucha experiencia a la hora de trabajar con niños, desde «El árbol de las cerezas» («El arbre de les cireres»), de 1998, a «El petit indi», pasando por su anterior filme, «Un día perfecto para volar» («Un dia perfecte per volar»), en que su propio hijo era el protagonista. No extraña, por eso, la naturalidad y autenticidad que proyectan Macià Arguimbau, que interpreta a Biel y, sobre todo, Mariona Gomila, que da vida a a Tina. «Trabajar con niños es, sobre todo, un ejercicio de observación. Lo primero que necesitas es una absoluta complicidad con ellos y con sus padres. A partir de ahí se comienza a trabajar. En el casting, no nos interesaba un rostro, un paisaje humano, sino encontrar una manera de ser. Por eso buscamos niños en Ciutadella y, luego, en sus alrededores para conseguir la máxima autenticidad y que se pudiera sentir el contraste con el extranjero, que en este caso era Sergi López», afirma Recha.

Una perfecta planificación

Como muchas de sus otras películas, el rodaje fue un ejercicio de extrema precisión. Solo tuvieron quince días para rodar, lo que significa una planificación perfecta para no perder el tiempo. «Muchos piensan que yo improviso mucho en los rodajes, pero no es así. Lo que ocurre es que trabajo con equipos muy pequeños lo que me permite gran movilidad y agilidad. Si llevo la cámara puedo grabar primero las nubes y después el mar en apenas segundos. Siempre digo que un rodaje es la vida misma y la experiencia de un equipo, sus relaciones, una historia que nos hace crecer tanto como la que contamos con las cámaras. Si mezclas gente con mucho vuelo, con otra que empieza, creas una dinámica que favorece un ritmo y una versatilidad para poder rodar rápido», asegura el cineasta de L’Hospitalet de Llobregat.

Lo que no abandona a Recha es su pasión por el cine y su deseo de contar historias. «Es curioso como esa chispa nunca desaparece. Quizá está más reposada, descansando en las espaldas de 30 años de experiencia, pero la pasión es la misma, tanto que siempre parece que ruedes tu primera película. Sigo sintiendo al niño de ocho años con una super 8 dentro», reconoce. Lo que no va a hacer ahora es empezar a pensar en su próxima película, simplemente porque todavía no existe lo que pueda explicar, aún tiene que vivir para saber qué quiere contar a continuación. «Quién sabe, quizá algún día cierre el círculo y consiga hacer una película convencional de género, ya sea de terror, un western o cine negro, lo que sea. No lo descarto, por qué no, sería una bonita forma de acabar», señala Recha. De momento, «La vida lliure» se merece todos los aplausos que está acumulando.



Fuente: La Razón

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