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McDormand, una actriz que no necesita publicidad

Martin McDonagh escribe en lápiz en un cuaderno de todo a cien, sigue siendo fan de The Pogues y, vestido de negro impoluto, da la impresión de estar tan seguro de sí mismo como un elegante portero de discoteca. Esta entrevista tuvo lugar después de la cálida recepción que prensa y público le dedicaron a «Tres anuncios en las afueras» en la Mostra de Venecia, donde ganó el premio al mejor guion. Las predicciones eran buenas, pero nadie esperaba que la película iba a arrasar en los Globos de Oro, posicionándose como favorita para los Oscar. Del teatro, que le sacó del anonimato a los 26 años, cuando estrenó la espléndida «La reina de belleza de Leenane», habla como una fase superada, pero uno tiene la sensación de que piensa acumular más Tonys y Laurence Oliviers en sus estanterías. Y sin embargo, hay una informalidad en su manera de responder, una espontaneidad y una frescura que aún pertenecen al chico que dejó el instituto a los dieciséis años y que vio en la escritura un salvavidas para no hundirse en el océano de «trabajos de mierda» (sic) que le esperaban en el horizonte.

–¿Cómo surgió la idea de «Tres anuncios en las afueras»?

–Lo vi durante un viaje en autobús en algún lugar del sur de Estados Unidos, algún pueblo entre Georgia, Alabama y Florida, no consigo recordarlo.Una valla publicitaria con un reproche o una pregunta escrita en letras enormes… De eso hace veinte años, y esa imagen volvió a mí como algo muy poderoso. Ese fue el punto de partida y ahí nació el personaje de esa madre dispuesta a cualquier cosa para encontrar al culpable de la violación y muerte de su hija. Luego, la historia fue escribiéndose sola. No suelo tardar más de cinco o seis semanas en redactar un guión.

–Es difícil disociar a Mildred de Frances McDormand. Hay algo rudo en su físico, inclemente, que la convierte en ideal para el papel. Y aún así, está su capacidad para una comedia que nunca resulta obvia.

–Escribí el papel para ella. Creo que hay pocas actrices que sean capaces de encarnar esa mezcla de integridad, dureza e ira, y a la vez puedan resultar divertidas sin mover una ceja, desde la contención, dejando que sea el espectador el que decida cuándo reírse o no, sin imponerle nada. Ambos tenemos raíces proletarias, y estábamos muy preocupados por no tratar con condescendencia a Mildred. Conversamos mucho sobre el personaje, y puedo asegurarte que Frances siempre dice lo que piensa.

–¿Permite que sus actores incorporen diálogos mientras rueda? Lo digo porque hay una musicalidad muy medida en cada réplica.

–No me gusta la improvisación. Ruedo lo que está escrito. Mi amor por las palabras procede de escuchar a la gente, de observarla por la calle, en el metro, en los bares, sin juzgarla. Quizá si hablara de gente de clase alta tendería a juzgarla, por eso prefiero ceñirme a lo que conozco. No me gusta convertir a mis personajes en ideas. Me gusta encontrar lo poético en lo mundano, creo que es la única manera de que los diálogos respiren verdad.

–Supongo que eso tiene que ver con su amplia experiencia como dramaturgo.

–Mi «background» es más cinematográfico que teatral. De hecho, odiaba el teatro. Cuando empecé, parecía que solo se estrenaban dos tipos de obras: las de un cariz eminentemente político, donde las ideas estaban siempre por encima de la historia, y las que eran ejercicios de estilo, puro postureo, tres horas en las que no ocurría nada. Nada que ver con «American Buffalo», que tuve el privilegio de ver con catorce años, con un Al Pacino pletórico. Mi auténtico primer amor fue el cine americano de los setenta: Scorsese, Malick, Coppola… Y mi sueño era viajar a América, sueño que pude permitirme gracias al éxito de mis obras de teatro.

–Y ahora que la conoce a fondo, ¿cómo percibe el estado de las cosas en la América actual?

–No está mal recordar que Obama ha sido el presidente de Estados Unidos durante ocho años. Que ahora lo sea un capullo como Trump no significa que esa América haya desaparecido. En cierto sentido, es la misma: si nos fijamos en las protestas contra Trump, vemos a una América movilizada como no la habíamos visto quizá desde que se manifestaba contra la guerra del Vietnam. No creo que Nixon fuera mejor que Trump. Y si resistimos los próximos tres años, es posible que el próximo presidente sea aún mejor que Obama.

–La violencia es un tema recurrente en sus creaciones, y vuelve a protagonizar «Tres anuncios en las afueras». ¿De dónde surge ese interés?

–Me educaron como católico y republicano. Mis padres son irlandeses, pero crecí en Inglaterra. En la época del punk rock, era anarquista y detestaba los nacionalismos. Eso me hizo cuestionar el conflicto norirlandés y la postura de ambos bandos. Me convertí en un pacifista colérico, por muy absurdo que eso pueda parecer. Y lo sigo siendo: creo que mi manera de ver la violencia en la película tiene que ver con esa ira que alberga la esperanza de que todo se calme, aunque sea tarde.

–Mildred es capaz de cualquier cosa por una causa justa, pero eso la convierte en una mujer insensible al dolor ajeno. En la película es difícil encontrar anclajes morales sólidos, todos los personajes son antihéroes…

–No sabría definir lo que es un antihéroe. En la película mis personajes se equivocan, cometen actos terribles, pero también pueden ser justos, o dignos, o solidarios, aunque solo sea por un momento. Es lo que les hace imprevisibles, y, por tanto, interesantes. En todo caso, su comportamiento es el que es, y el estudio sabía que no iba a cambiar una sola coma del guión, que no acepto ni notas ni recomendaciones. Conocían mi trabajo y les interesaba. Es la película que menos me ha costado financiar.



Fuente: La Razón

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