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Mujeres en pie de guerra

Se nota que Agnieszka Holland lleva años vinculada a esa televisión de calidad que ha hecho de las series el mejor tema de conversación en las pausas para el café. Ha dirigido episodios de «The Wire», «Treme», «The Killing» y «House of Cards», y a la vista de «Spoor», que concursaba ayer en la Berlinale, le habría encantado dirigir alguno de «Fargo». Desde el ominoso plano aéreo que abre la película, da la impresión que estamos en el corazón de Minnessota, y que lo que sigue sacará los esqueletos del armario de una comunidad aparentemente apacible pero profundamente corrupta.

No es Minnessota, es la frontera entre Polonia y la República Checa, pero para el caso es lo mismo. La protagonista es una mujer excéntrica, ingeniera civil jubilada que da clases de inglés en un colegio, aficionada a la astrología y militante contra el maltrato a los animales. Cuando un día sus queridos perros desaparecen, un reguero de cadáveres, todos cazadores de la zona, empiezan a tapizar la tierra boscosa. ¿Quién es el culpable? Holland no parece demasiado interesada en buscarlo, fascinada como está por esa mujer (excelente Agnieszka Mandat), tan dispuesta a enfrentarse al aparato de autoridades corruptas del pueblo como a formar equipo con los marginados de la zona.

El tono, más checo que polaco, es desconcertante, y el humor esquinado se codea con los usos y costumbres del thriller ecológico, que no aprovecha sus potenciales elementos perturbadores. La tendencia a dar rodeos de «Spoor» fomenta la impresión de retrato de un colectivo pero desenfoca el que parece el auténtico objetivo de la película, que, a modo de un Shyamalan centroeuropeo, nos descubre al asesino para decirnos que es mejor tomarse la justicia por tu mano cuando el sistema no funciona. La revolución empieza por uno mismo, nos dice Holland, pero a la de «Spoor» le falta lógica narrativa, dispersa en exceso, como si la película exigiera un desarrollo serial.

– Pegado a Marina

Otra chica en pie de guerra protagonizaba la otra película a concurso, la chilena «Una mujer fantástica». Se llama Marina, es cantante y acaba de celebrar su cumpleaños con su pareja, Orlando, que le dobla la edad y la quiere con locura. Podrían haberse escapado de la letra de un bolero, hasta que esa misma noche, Orlando es víctima de un aneurisma. Con un nudo en la garganta, Marina tiene que dar la noticia a sus familiares, y no es fácil. Porque Marina es transgénero, y no es precisamente bienvenida en el contexto de la burguesía santiagueña, que se lo pondrá muy difícil para que se despida de su amado.

En «Una mujer fantástica», Sebastián Lelio sigue el mismo método que en «Gloria», el magnífico retrato femenino que le dio a conocer internacionalmente en la Berlinale de hace tres años. Su cámara se pega a Marina, la admira y la acaricia en un momento en que parece que la vida se ha conjurado contra ella. Lo que ocurre es que, en una película de corte eminentemente realista –con puntuales atajos oníricos, guiados por el fantasma de Orlando–, los sucesivos encuentros de la heroína con el desprecio, el maltrato, la exclusión de lo que el sistema considera lo diferente acaban por resultar demasiado diseñados; en definitiva, maniqueos y forzados. El «via crucis» de Marina es el peor enemigo de la película, porque impide que el personaje avance dramáticamente, por mucho que la intención de Leilo sea demostrarnos su fuerza de voluntad, su resistencia a la humillación frente a la convicción de ser quien es. Daniela Vega, que se peleará con Mandat por el Oso a la mejor actriz, aguanta con estoica dignidad el peso de una cinta que se estanca en su propia premisa.



Fuente: La Razón

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