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¿Qué aporta el salario mínimo a la economía?

El Ejecutivo se quedó solo el martes para votar en contra de la proposición de ley que fue aprobada en el Congreso que establece que el salario mínimo interprofesional (SMI) debe crecer desde los 655 euros en lo que está fijado el 1 de enero de 2016 hasta los 950 euros en 2020. De esta forma se incrementaría en 295 euros en cuatro años frente a los veintidós años que tardó en crecer en la misma cuantía (de 1994 a 2016). Desde las organizaciones sindicales defienden ese fuerte aumento de los salarios para recuperar el poder adquisitivo perdido durante la crisis y para situarlo cerca de otros países de la zona euro, como Holanda, Bélgica o Francia, en el que el SMI triplica incluso al español. En el lado empresarial advierten de los efectos perniciosos que puede tener en la actividad y en el empleo ese aumento salarial.

El debate se ha centrado en la cuantía del sueldo y no en sí debe existir por ley o si debe estar topado. En la actualidad hay 22 países en la Unión Europea que sí disponen de un salario mínimo y otros seis (Austria, Chipre, Dinamarca, Finlandia, Italia y Suecia) que no lo tienen. Entre los analistas que consideran que debería suprimirse apuntan a que la tasa de paro suele ser más baja en aquellos países en los que no están fijados por ley el salario mínimo. Los últimos datos de Eurostat, correspondientes a septiembre, reflejan que las tasas de desempleo más bajas se dan en ocho países con salario mínimo. Las dos naciones que no tienen salario mínimo y que presentan la tasa de paro más baja son Dinamarca y Austria (un 6,3% de la población activa). Incluso otras dos naciones que no tienen salario mínimo (Italia y Chipre) tienen la cuarta y la quinta tasa de desempleo más elevada, cerca del 12% de la población activa.

Almudena Semur, coordinadora del servicio de estadística del Instituto de Estudios Económicos (IEE), advierte que hay que ser prudente a la hora de aprobar movimientos al alza del SMI. “Estamos consolidando la recuperación en España. Un incremento muy elevado del SMI puede provocar efectos no deseables como los sucedidos en Alemania”, advierte. El 1 de enero de 2015 entró en vigor el primer salario mínimo de la historia en el vecino germano, con una cuantía de 8,5 euros por hora. “Los estudios que se han realizado en su primer año de aplicación muestran que se han producido una caída en el empleo y que la contratación a tiempo completo ha sido sustituida por tiempo parcial”.

Semur también avanza la posibilidad de otro efecto perverso. “Si el salario mínimo crece muy por encima de la media de los sueldos en convenio, los trabajadores no afectados reclamarán incrementos similares, lejos de la tendencia de moderación salarial de los últimos años”. El voto en contra del PP al incremento del SMI votado el martes se basa en la creencia de los populares en que la moderación salarial aplicada en la anterior legislatura (los sueldos no crecieron más del 1% en 2014 y 2015) fue determinante para que las empresas ganaran competitividad, vendieran más y contrataran más personal. En 2012, los salarios pactados en convenio crecieron un 1% y en los tres años siguientes se mantuvieron por debajo de esa cifra. Este año, la recomendación de sindicatos y empresarios marcaba un techo de un 1,5% y hasta octubre se había quedado lejos de esa cifra, con un 1,08%.

¿Debe existir un salario mínimo?

Otro aspecto del debate es si debe existir salario mínimo. Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana, considera infundado el temor que la ausencia de un salario mínimo imponga salarios estructurales de miseria. “Una economía sin SMI simplemente ajusta los salarios a un nivel compatible con el pleno empleo. EEUU, por ejemplo, vio cómo se cuadruplicaban sus salarios reales entre 1820 y 1912, a pesar de que su población se multiplicó por diez y de que no contaban con SMI alguno. Asimismo, hoy en día Singapur carece de SMI, disfruta de pleno empleo y su salario mediano es superior al español”, apuntaba en uno de sus artículos. Incluso dos analistas de la Dirección General del Servicio de Estudios del Banco de España (Sofía Galán y Sergio Puente) publicaron a finales de 2012 un artículo en el que advertían sobre el impacto negativo que sobre el empleo tienen la imposición por ley de estas retribuciones. “El resultado que se encuentra es que las subidas tienen un impacto positivo y significativo sobre la probabilidad de perder el empleo en el grupo afectado, excepto para los trabajadores de edades intermedias, entre 25 y 32 años. Este efecto es mayor en los más jóvenes, con un aumento de 7 puntos en la probabilidad de perder el empleo tras una subida de 100 euros en el SMI y, sobre todo, entre los mayores de 45 años, entre los que dicha probabilidad aumenta 14 puntos”. En su opinión, los mayores efectos se concentran en esos dos colectivos “para los que es menos probable que los incrementos de productividad lleguen a compensar la subida del SMI”.

El profesor Juan José Toribio, del IESE, asegura que lo que importa es “el salario de equilibrio de la franja menos productiva del mercado de trabajo, que es donde se sitúa el salario mínimo interprofesional: si el SMI está por debajo del salario de equilibrio que se está pagando en un mercado, es inútil, porque la realidad ya remunera más; y si el SMI está por encima del salario de equilibrio que se paga, genera desempleo, puesto que supone un encarecimiento del factor trabajo”. Para Toribio, “si es inútil o es dañino para el mercado, lo mejor es quitarlo”, y asegura que la experiencia empírica demuestra que en Alemania se ha generado mucho más empleo cuando no ha habido SMI que cuanto lo ha habaido. “Subir el SMI es subir un coste laboral, y en un país con el 19% de paro, es una mala noticia”, concluye Toribio.

Menos crítico se muestra José Carlos Díez, profesor de Economía de la Universidad de Alcalá de Henares, que considera que el salario mínimo es una garantía para corregir la desigualdad. “Los despidos y bajadas de sueldos en la crisis han afectado a los salarios más bajos y el SMI es una vía para corregir la desigualdad y recuperar el poder adquisitivo. Tiene que acabar la época de los salarios estancados”, remarca. En lo que no está de acuerdo respecto a la medida aprobada en el Congreso es en la cuantia. “Tiene que ser ajustada al ciclo”. Eso significa, en su opinión, que el salario mínimo podría crecer en el entorno del 2% que establece como techo el Banco Central Europeo para los precios con el fin de asegurar el poder de compra a los ocupados.

Díez augura que la inflación seguirá contenida como en los últimos tres años y eso ofrecerá margen para subir el SMI. En caso de que la tendencia se revierta y empiecen a subir con fuerza los precios, algo poco previsible, considera que un alza sería contraproducente. “El mensaje sería entendido por todos los ocupados como una señal para subir los sueldos y obligaría a cambiar los términos de la negociación colectiva”.

 

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