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¿Qué debe hacer un corredor si se le acerca un perro?

Sucedió durante la maratón del Valladolid de México, un corredor, en pleno esfuerzo, se encontró con un perrillo que consideró aquello de tanta gente corriendo un fiesta y decidió acompañarle corriendo a modo de juego. Que para el animal era pura diversión lo sé yo que conozco bien cómo se expresan los perros perrunas. No sé si el maratoniano era capaz de darse cuenta, si se asustó, si simplemente le molestó. La cuestión es que reaccionó dándole una patada al perrillo que es imposible justificar.

Su reacción, ya en frío, ha sido pedir disculpas y ofrecerse a pagar los gastos veterinarios que haya podido causar. Así que no voy a hacer sangre por ese lado. Los hay que piden que jamás pueda volver a participar en un evento de atletismo y me parece exagerado. Los hay que sentencian y condenan a toda velocidad sin conocer los detalles.

No, no debió jamás patear al perro. Pero ese perro no debería haber estado suelto en ese entorno urbano y durante una celebración deportiva popular. Tendría que haber tenido un dueño responsable que lo mantuviera bien controlado a su lado. Por puro sentido común, pensando tanto en la seguridad del animal como de los corredores. Lo mismo estaba perdido o abandonado, espero que no.

En cualquier caso, ya os dije hace un par de meses que no deberíamos soltarlos en los lugares en los que no está permitido, por mucho que nos fastidie no contar con suficientes lugares de esparcimiento canino. No deberíamos soltarlos nunca si no tenemos del todo claro que su comportamiento será ejemplar con cualquier persona y con otros perros.

Una situación así, nunca se tendría que haber producido de entrada.

(GTRES)

La cuestión es que perros y corredores están destinados a encontrarse. Con frecuencia las zonas que los bípedos trotones les gustan para ejercitarse coinciden con las que buscamos los dueños para soltar a nuestros perros. Lo sé bien porque soy dueña de perros, pero también porque he sido parte de esa horda moderna a la que le ha dado por salir a correr.

Os voy a contar una anécdota un tanto escatológica. Hace ya más de una década que sucedió. Andaba yo tranquilamente por el campo por mi perra, que entonces era joven y enérgica y necesitaba todas las mañanas al menos una horita de paseo suelta por el campo. Como entraba en el periódico a media mañana y aún no tenía hijos, podía permitirme coger el coche y patear felizmente en su compañía entre pinos. Una de esas mañanas Troya descubrió algo que le llamó la atención tras un árbol apartado de la senda y allí se fue de cabeza. Y yo detrás claro, en cuanto oí los gritos de lo que resultó ser un corredor en cuclillas y con las mallas por los tobillos, poniendo su propio pino en miniatura y congelado sin atreverse a apartar a mi perra, que no es precisamente pequeña, y que estaba empeñada en olfatear intrigadísima aquello que estaba haciendo.

Miré aquel cuadro barroco. No me miró. Llamé a mi perra y nos fuimos dejándole en la intimidad que merecía. El susto que se llevó fue morrocotudo y yo siempre creí que de aquellas habría perdido el pobre un par de años de vida.

Por cierto, un inciso para esa horda moderna de corredores de la que hablaba. Vale que corriendo uno puede tener un apretón, los intestinos se mueven y tal… Vale que ha sitios tan, tan campestres que no tiene sentido recogerlos. Pero hay parques en los que juegan los niños y ahí no es buena idea dejar ese tipo de recuerdos. Lo de recogerlo con la bolsita como hacemos los dueños cívicos de perros puede ser buena idea. Yo estaría encantada de prestaros una (y sí, los que no recogen las cacas de sus perros son unos guarros y a los que más nos indigna es a los dueños que sí las recogemos, pero ese es otro tema).

A lo que íbamos, corredores y perros sueltos pueden encontrar que sus caminos se cruzan. ¿Qué hacer en esos casos? No hay una respuesta rápida. Lo primero sería interpretar la actitud con la que el perro se acerca a nosotros. Si lo hace con ganas de juego, con curiosidad, o si mantiene una actitud agresiva.

Por regla general, va a pasar lo primero. Muchos perros pueden interpretar que ese tipo que ha pasado corriendo es una excelente excusa para pasarlo bien, corriendo a su lado o incluso saltándole encima amigablemente. Se les reconocerá porque se acercan a saltos, erráticos, tienen una expresión amistosa, la cola en alto… Que ladren no es indicativo de nada. Hay muchos vídeos en Youtube que ayudan a distinguir las expresiones corporales de los perros, si sois de los que no venís de serie capacitados para distinguirlas.

En esos casos lo mejor es dejar de correr al tiempo que lo ignoramos. Si nos ponemos a caminar con tranquilidad  dándole la espalda, sin mirarle directamente, lo más probable es que el animal también nos ignore. O, como mucho, que nos pida alguna caricia e insista un poco en el juego. Puede que así demos tiempo a su dueño a llegar y controlarlo, pero si reaccionamos así no tardará en aburrirse y dejarnos en paz.

Acelerar no es buena idea, salvo que vayamos en bici y tengamos clarísimo que tenemos las fuerzas o la cuesta abajo suficientes como para ser capaces de dejarle atrás. Acelerar invita aún más a que nos persiga y casi cualquier cualquier perro es capaz de alcanzar a un humano corriendo.

Tampoco lo es coger palos, que el perro puede interpretar como una amenaza, lanzar manotazos o patadas o gritarle. Insisto, dejar de correr y no hacerle caso, sin establecer contacto visual y dándole la espalda, es la mejor opción.

Si el perro no tiene dueño, si sospechamos que puede estar perdido o abandonado, algo que tampoco es raro que suceda, la solución más ética es complicarse un poco la vida y no dejarle en esa situación. Hace un año os contaba qué hacer si te encuentras a un animal abandonado, y la respuesta tampoco era rápida.

(Leanne Graham/GTRES)

Y aunque pueda costar, la respuesta idónea es la misma cuando tenemos dudas de que el perro sea amistoso. Si se acerca enfadado o temeroso, con una actitud que indica prudencia (erizado, mirándonos a los ojos, con la cabeza a media altura, gruñendo directamente…), alejarse de él despacio, manteniéndose de lado o dándole la espalda, es lo mejor. Sin correr y sin perderle de vista por si la situación se complica. Tal vez nos hayamos metido en lo que considera su territorio, de hecho es lo que suele pasar.

En la gran mayoría de los casos, el animal se limitará a amenazarnos hasta que nos quitemos de en medio. La cosa no irá a mayores. El ataque es el último recurso

Ante un ataque de un perro de un tamaño que suponga un peligro real, si no hay posibilidad de subir a un alto o resguardarse, es preciso tener sangre fría. Tal vez se le pueda distraer con una mochila, una botella o una prenda de ropa. Si se tiene un gran objeto que usar a modo de escudo a mano, una buena opción es interponerlo entre el animal y nosotros. No intentar golpearle, sino procurar que sea eso lo que tenga como opción para morder. Si es incapaz de fijar la mordida en algo grande y plano, en pocos intentos desistirá. Si se lanza por nosotros, conviene curvarse protegiendo nuestras zonas sensibles (rostro, garganta y torso), permanecer inmóvil y alejarse despacio cuando el animal se vaya. Hay consejos por ahí sobre cómo enfrentarse a los perros en una pelea cuerpo a cuerpo, usando nuestro peso, inmovilizándoles, indicando dónde golpearles… Mi opinión personal es que no suele ser buena idea salvo que veamos las cosas muy negras o que haya hecho presa en un punto concreto y no la suelte. Todo va a depender mucho de las circunstancias de cada ataque.

Tras este enlace hay información en abundancia para profundizar en el tema, en inglés, eso sí. La doctora Yin, que murió hace cuatro años, fue una veterinaria y experta en comportamiento animal reconocida internacionalmente y su web es una mina de oro. El gráfico es suyo.

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Fuente: 20 Minutos

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