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Qué hacer con el dinero si vuelve la inflación

El paradigma mediterráneo del ahorro y de la inversión, del que ha participado tradicionalmente España, está en profunda revisión desde que el Banco Central Europeo practica una política monetaria expansiva por partida doble, pues ha aplanado los tipos de interés y ha inyectado en el mercado ingentes cantidades de dinero nuevo (la expansión cuantitativa) sin final a la vista. El riesgo cierto de deflación que ha amenazado a Europa en los últimos años, y que ha reducido el crecimiento potencial a niveles muy alejados del óptimo en un continente con bolsas de desempleo muy voluminosas, ha sido combatido por el activismo de la autoridad monetaria, que ha funcionado como un llanero solitario ante el rigorismo fiscal impuesto a toda la zona euro tras la crisis de la deuda generada por los cuatro rescates sucesivos de otros tantos Estados soberanos.

Aunque ahora las tasas de inflación parecen acordes con los objetivos del banco de Fráncfort (cerca del 2% interanual sin superarlo), no hay que olvidar que están construidos con material de desecho, con el empuje puntual de los precios energéticos, que la inflación subyacente sigue muy alejada de los valores deseados y que las fuerzas subterráneas de la actividad económica en el mundo siguen siendo profundamente deflacionistas. No hay riesgos en ver la inflación de manera estable por encima del 2% mientras China siga anclando su progreso en la exportación a precios baratos, mientras la tecnología penetre en la actividad y avance a los ritmos que lo hace, mientras el envejecimiento de la población se generaliza en dos terceras partes del mundo, pero especialmente en las sociedades de las economías más maduras. Por tanto, y pese a que las políticas activistas que pondrá en marcha la Administración norteamericana generarán inflación, nadie da un duro por ella en el medio plazo, y las políticas expansivas de los bancos centrales, con una intensidad u otra, dispondrán de larga vida, sobre todo en Europa. No veremos en años la inflación en valores de alarma, salvo episodios muy, muy concretos como los actuales, y no veremos en años los tipos de interés más allá del 3%.

El modelo de ahorro e inversión mediterráneo, el basado en el cultivo extensivo de depósitos y la escasa asunción de riesgos, debe, por tanto, ir virando hacia mecanismos de inversión centroeuropeos, de apuesta activa en las compañías cotizadas, donde tengan un papel secundario tanto la inflación como su antídoto, los tipos de interés. Pero los inversores y los ahorradores buscan una guía para neutralizar los episodios coyunturales de inflación, como el que ha irrumpido ahora (la tasa está en el 3% en España, y a lo sumo bajará al 2% a final de año), y salvar las rentabilidades, por mínimas que sean, así como preservar el capital. Donde se alojan al menos la mitad de los activos financieros de los hogares, en depósitos pasivos para proveer de liquidez bancaria, con una remuneración media del 0,1% según datos del Banco de España, la rentabilidad real es muy negativa, pero lo es doblemente porque la propia cuantía del depósito pierde valor por la erosión de la inflación. Con una inflación del 3% como la actual, pasado un año un depósito de mil euros sigue siendo de mil euros, pero su valor, su poder de compra, habrá descendido a 970.

La búsqueda de rentabilidad con la deuda es igualmente complicada, tanto si se invierte hasta el vencimiento de los bonos como si se liquidan en el mercado secundario aprovechando mejoras en su precio, donde el recorrido puede haber concluido, pues corre paralelo a las bajadas de tipos, y en el peor de los casos puede refugiarse en los bonos de mayor calidad si volviesen las dificultades económicas. Las opciones de la Bolsa seguirán acaparando mayor atractivo, puesto que la inflación suele trasladarse también a las cotizaciones si las empresas trasladan a precios finales los avances del IPC. Pero tendrán una prima aquellas que se dedican al consumo cíclico, puesto que marcarán el paso en tal ejercicio, creando una pequeña espiral inflacionista. La inflación puede convertirse también en un buen aliado de los inversores en vivienda, dado que como suele financiarse con recursos ajenos (deuda), esta tendrá un peso decreciente en la renta de los hipotecados, y además, el avance de los precios revalorizará en paralelo los activos reales.

Fuente: Cinco días

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