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Reforzar la integración y equilibrar el crecimiento

Europa parece haber encajado con relativa calma el revés electoral sufrido por el primer ministro italiano, Matteo Renzi, que ha visto como sus compatriotas rechazaban el domingo en referéndum, con mucha holgura, la reforma constitucional que proponía y con la que pretendía agilizar la gobernabilidad y adelgazar el esclerotizado modelo político trasalpino. Los mercados financieros cotizaron ayer como si nada hubiese pasado, con ligeras subidas de las Bolsas europeas, con la cuasi anecdótica excepción de la italiana, con suaves alzas en el euro, y unos precios y unos tipos en los bonos soberanos similares a los de la semana pasada. Tras unas horas, unos minutos prácticamente, de dudas al inicio de la contratación, todo volvió a la normalidad, y los políticos y financieros proclamaron desde las instituciones (BCE, Eurogrupo) el carácter interno de la decisión de los italianos.

No obstante, aunque en el rechazo a la propuesta de Renzi había mucha oposición de colectivos plenamente europeistas, que el 60% de los electores en una votación con altísima participación cuestione las reformas es una llamada de atención muy seria, que no debe despacharse como un “asunto interno de los italianos”, puesto que en tal porcentaje se esconden muchos colectivos que abiertamente han reclamado la destrucción del euro, desde la regionalista Liga Norte, hasta el transversal y populista Movimiento Cinco Estrellas, en una extendida mancha de aceite que clama por el desmontaje rápido de casi seis décadas de integración europea. El toque de atención es demasiado serio, entre otras cuestiones porque llega precedido de manifestaciones antieuropeas, como el referéndum del brexit en el Reino Unido, y en vísperas de trascendentales citas con las urnas, como las presidenciales francesas de la primavera próxima o las parlamentarias alemanas del otoño, y donde los partidos nacionalistas y con explícita aversión a la integración europea hablan de tú a tú a los europeístas.

La circunstancia de que se trate ahora de Italia tiene una doble importancia. En primer lugar, porque es un país de tradicional inestabilidad política, aunque bien es cierto que con mayor incidencia sobre la marcha de la economía de lo normal, lo que puede abrir la vía a una espiral de acontecimientos no del todo calculados. Tratar de resolver con instrumentos filopopulistas, como es el recurso a la consulta ciudadana, cuestiones para las que de antemano están habilitados los político, es un error que ya cometió David Cameron en Reino Unido y que le costó el puesto como ahora le ha costado a un Matteo Renzi, al que la ciudadanía ha zarandeado como si se tratase de un plebiscito sobre su figura, por considerar, en parte, que ocupaba un cargo para el que no se había sometido al escrutinio electoral.

Y en segundo lugar, proque donde se alojan aún las principales dudas financieras y económicas en el proyecto euro es en Italia, con un sistema bancario muy endeble, que tiene en sus balances deudas por más de 250.000 millones de euros que sabe que no podrá recuperar nunca. Más pronto que tarde, Italia tiene que resolver su crisis bancaria con una recapitalización masiva de las entidades si quiere recuperar el crédito perdido y contribuir a la estabilidad en la zona euro. Seguramente los mercados financieros, que conocen sobradamente los problemas de la banca italiana, tenían ya descontados en sus precios el rechazo a la reforma constitucional; pero no tendrán una paciencia infinita con esta cuestión.

El Banco Central Europeo dará alguna pista el próximo jueves, que se reúne en Alemania, y podría anunciar una ampliación del programa de compras de deuda para apuntalar el crecimiento y reanimar la inflación. Pero más allá de su decisión, que tiene también un innegable carácter político, Europa debe dar pasos más firmes en la democratización del crecimiento económico, así como en el fortalecimiento de la integración europea. Los éxitos de setenta años del que sigue siendo el más espectacular proyecto de intregración política, social y económica de la historia reciente, no pueden saltar por los aires por la influencia de discursos políticos que van más al estómago que a la razón. El mayor riesgo que ahora afronta la UE es la apatía y el inmovilismo.

 

Fuente: Cinco días

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