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Reparando olvidos

El accidentado inicio del concierto (con robo de partituras y algún instrumento incluido) bien puede servir como metáfora del difícil camino que implica el mundo de la recuperación del patrimonio musical en España. La velada estaba destinada por completo al estreno en tiempos modernos (tras su paso por Sevilla) de un oratorio que José Lidón, maestro de la Capilla Real durante más de 20 años, dedicó a Santa Bárbara en 1775. Como siempre en proyectos de esta entidad, el concierto era la culminación de varios meses de un tipo de trabajo que suele ser poco o mal reconocido: no fue el caso. La sala de cámara del Auditorio Nacional presentaba un lleno absoluto y un público entregado de antemano.

La pieza en sí es una especie de brillante muestrario estilístico que se mueve por las arenas movedizas del clasicismo, siempre difícil de etiquetar o resumir. Aunque el entramado dramático se sostiene con dificultad, culpa en parte de un libreto de retórica escasamente amena, el esfuerzo de Lidón por ser original saca a flote este oratorio con una música meritoria, en ocasiones realmente bella, que aúna fragmentos de gran virtuosismo con otros de arriesgada elección tímbrica. Casi dos horas de música que tienen en su dúo final de la primera parte («Jamás, Bárbara, dejes por Marciano») y las primeras arias de la segunda sus mejores momentos. El reparto lo encabezaba la soprano María Eugenia Boix en el papel de Santa Bárbara. La soprano oscense mantiene una voz de mucho caudal y agudo fácil, con una línea expresiva elegante que le permite dotar al personaje de una conmoción vital que el texto parecía empeñado en afanar. Marta Infante (Custodio) mantiene su voz bien timbrada, con un vibrato natural muy limpio y sin notas de apoyo o portamenti en los saltos complicados. Su papel era ingrato en lo escénico, así que resolvió con oficio y sentido del fraseo sus arias. Carlos Mena volvió a cumplir con creces gracias a su inteligencia expresiva y a un sentido de la afinación envidiable. El Dióscoro de Víctor Cruz estuvo un punto por encima de intensidad que el resto del reparto, lo que le brindó buenos momentos dramáticos y algunas notas más abiertas de lo aconsejable. La orquesta Acadèmia 1750 rindió a un nivel discreto, con algunos problemas de empaste y afinación que se fueron resolviendo a medida que avanzaba el concierto.

La excelente acogida por parte del público a la música de Lidón parecen augurarle a su obra nuevos días de luz. Esperemos que no sea un espejismo…


Fuente: La Razón

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