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Roger Waters o cómo sobrevivir a Pink Floyd

Pink Floyd ya no existe. Aquella fue una de las aventuras más extraordinarias de la música, una banda cuyo sonido, todavía hoy, sigue asombrando. Lo que queda son vestigios, que es lo que ahora rescata Roger Waters, uno de sus miembros fundadores, en una gira europea que se abrirá hoy en Barcelona, donde repetirá el sábado con su segundo concierto en el Palau Sant Jordi. La excusa es su nuevo disco, «Is this the life we really want?», una muestra más de megalomanía. Waters nunca supo hacer nada pequeño, todo estaba destinado a la grandeza. En sus mejores tiempos, los de Pink Floyd, cada obra era casi un milagro. Hoy es, como mucho, un interesante esfuerzo con algunos buenos momentos. Él mismo parece asumirlo en sus conciertos, en los que apenas rescata unas pocas piezas del álbum, sus pasajes más inspirados, canciones como «When we were young», «Déjà Vu», «The last refugee», «Picture that» y «Smell the roses».

No hay mención a sus otros discos en solitario y en cambio sí hay un generosísimo espacio para las canciones de Pink Floyd. No hay que engañarse: es la verdadera razón por la que la audiencia va a ver sus shows. La gente quiere volver a escuchar, quizá en su última oportunidad, obras maestras del calibre de «One of these days», «Time», «The great gig in the sky», «Welcome to the machine», «Wish you were here», «Another brick in the Wall», «Dogs», «Pigs», «Money», «Us and them», «Brain damage» o «Comfortably numb». En fin, una parte fundamental de la historia de la música.

En términos relativos, Pink Floyd se acabaron en 1979 con «The Wall». Cuatro años después, el grupo sacó el ya excesivo «The final cut», pero allí ya no estaba el teclista Rick Wright, expulsado por Waters. Fue el primer álbum de la banda compuesto en su totalidad por el bajista sin participación en los créditos del guitarrista David Gilmour ni el batería Nick Mason. Un año después, Waters anunció la disolución de la banda porque «la fuerza creativa se había agotado». Fue un movimiento mal medido. Waters pensaba que el grupo era suyo, pero se encontró con la desafiante respuesta de Gilmour y Mason. Para ellos Pink Floyd no estaba muerto. Llegaron los desagradables litigios en los tribunales, las peleas miserables de antiguos amigos y finalmente una consecuencia inesperada para Waters, un profundo golpe en el hígado de su ilimitado ego: Pink Floyd pertenecía a Gilmour y Mason. Ambos siguieron adelante con el proyecto –obviamente sin Waters– y, para mayor escarnio del bajista, recuperaron a Wright. Solo sacarían dos álbumes más –el disfrutable «A momentary lapse of reason», de 1987, y el sensacional «The división bell», de 1994– y los miembros «oficiales» del grupo se llenaron los bolsillos con unas giras monumentales mientras Waters daba tumbos en solitario.

Limar asperezas

Éste sostuvo durante dos largas décadas su odio a sus ex compañeros de viaje, aunque en los últimos años fueron limando asperezas. Los seguidores de la banda se ilusionaron con una posible reunión, pero Gilmour cerró cualquier puerta. Todo lo que hubo fue media hora mágica en el concierto benéfico «Live 8», celebrado el 2 de julio de 2005. Gilmour, Waters, Wright y Mason interpretaron juntos «Speak to me/Breathe», «Money», «Wish you were here» y «Confortably numb» para demostrar que la magia todavía existía. Fue tan formidable como efímero.

Waters llega a Barcelona ahora y el 24 y 25 de mayo actuará en el Wiznik Centre de Madrid para demostrar lo buen bajista que es y lo bien que ha sobrevivido la obra de Pink Floyd. El bajista ofrecerá una generosa selección de aquellas canciones y añadirá ese punto de grandilocuencia visual y sonora que siempre fue una seña de distinción propia. Es lo que queda de la banda.



Fuente: La Razón

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