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Rotos por dentro, unidos por fuera

Sólo las apariencias ante la opinión pública (independentista) mantienen hoy a flote la alianza que sellaron Junts pel Sí (CDC y ERC) y la CUP al inicio de la legislatura en Cataluña. Los trágalas que han ido cruzando los partidos soberanistas y la pasividad a la hora de afrontar ciertos trámites del referéndum han ido dinamitando la confianza entre unos socios que aseguran ante los micrófonos que culminarán el proceso de autodeterminación y que admiten, fuera de ellos, que existen enormes dificultades para hacerlo. Añaden, a renglón seguido, que «hay que poner la mirada larga», una expresión vacía de sentido que no refleja nada más que un tosco intento por ganar tiempo.

Hoy por hoy, el único sostén del bloque soberanista es un gobierno de coalición que nadie se atreve a romper y unos presupuestos que la CUP aceptó apoyar de mala gana. La mirada larga no alcanza más allá del mes de septiembre, fecha límite para celebrar el referéndum, según los propios soberanistas.

La CUP contempla con desesperación la parsimonia del Govern de Junts pel Sí para dar los pasos decisivos de cara al referéndum. Quedan, presuntamente, cinco meses para su celebración y apenas hay nada claro. No se sabe cómo se reclutarán a los miembros de las mesas electorales (¿acaso mediante una bolsa de parados, tal y como propuso ERC?), cuál será la pregunta del referéndum (sin duda, el menor de los problemas) y qué formaciones darán respaldo político a la jornada de votación (¿lo hará la formación que orbita en torno a Ada Colau?).

Nada de todo eso está claro porque los miembros del Govern dedican buena parte de su tiempo a examinar las consecuencias jurídicas que tendrá para ellos la organización de un proceso ilegal. Los apercibimientos del Tribunal Constitucional se acumulan sobre las mesas de los consellers y la estrategia más lúcida que ha trascendido por parte del bloque soberanista es que hay que asumir el coste de forma colegiada. «Si Junts pel Sí suscribió en bloque una lista electoral, Junts pel Sí debe suscribir en bloque una convocatoria de referéndum. No hay mayor muestra de unidad», decía ayer el diputado de ERC Gabriel Rufián.

En paralelo, las encuestas –todas– confirman una misma tendencia desde hace meses: el PDeCAT (la nueva Convergència) está en pleno declive; ERC está llamada a ganar de forma holgada las próximas elecciones; y la actual mayoría absoluta del bloque independentista está en peligro.

La parálisis

Esta fotografía electoral está actuando de forma paralizante. Paraliza al PDeCAT porque necesita más tiempo para recomponer su proyecto, ya que tan siquiera tiene a un candidato para relevar a Artur Mas y tampoco puede contar con Carles Puigdemont, que insiste en que se marchará una vez acabe esta legislatura. ERC, por su parte, tampoco observa las encuestas con urgencias porque, al fin y al cabo, continúa engordando poco a poco. Los republicanos no sufren desgaste por ningún caso de corrupción –a diferencia de los neoconvergentes– y difícilmente cargarán con la culpa de haber hecho naufragar el proceso independentista.

El golpe de gracia para el bloque soberanista, unido por fuera y roto por dentro, podría venir de la CUP. Los anticapitalistas no comparten la estrategia impulsada por el Pacto Nacional por el Referéndum, una mesa de entidades y partidos políticos que reivindica una votación legal y acordada. Faltan menos de dos meses para que sus trabajos concluyan. A la CUP le parecen una eternidad, ya que no conceden ningún recorrido a la vía pactada, puesto que un referéndum de autodeterminación en Cataluña no es una posibilidad contemplada en la Constitución, tal y como ellos mismos reconocen.

Pese a no compartir esta estrategia, los desobedientes de la CUP esperarán a septiembre para comprobar la determinación del Govern con el referéndum. Si no les satisface, estudian abandonar sus escaños en el Parlament. Llegados a este extremo, la legislatura habrá finalizado definitivamente. JxSí ya no tendrá socios si es que no se prestan a un drástico (e inopinado) cambio de rumbo político.

Faltan en el tablero las maniobras finales. Puigdemont, un político que enfila la puerta de salida, quiere poner el broche a su mandato con al menos un intento de referéndum. No se cruzará de brazos y se marchará a su casa. Tiene muy presente que debe dignificar el cargo ante su electorado independentista y no pondrá fin a la legislatura sin intentar algo en la línea de un referéndum. El interrogante es si este ensayo será suficiente para mantener la aparente unidad del bloque soberanista.



Fuente: La Razón

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