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“Silencio”: Entre el cielo y la tierra

En una imagen poderosísima de «Silencio», el padre Sebastiao Rodrigues (Andrew Garfield) ve su reflejo en el agua. Es el rostro de Cristo. Es una idea hermosa: por un lado, certifica la equivalencia de su martirio en el Japón de finales del siglo XVII con el de Jesús perseguido y crucificado por los romanos, y por otro, sugiere que esa persistente búsqueda de la fe, enfrentada con el no menos doliente silencio de Dios, es, en realidad, una búsqueda del yo, un viaje que entiende el sacrificio como una forma de narcisismo. En un solo plano, pues, Scorsese pone de manifiesto la complejidad de su proyecto, una película que lleva haciendo desde que era seminarista, desde que crucificó a Barbara Hershey en «Boxcar Bertha», desde que adaptó a Nikos Kazantzakis en «La última tentación de Cristo». Es la película del hombre que se debate entre lo terrenal y lo divino, siempre a solas, con una cruz que le quema en la mano. El crítico de «The New Yorker», Richard Brody, ha dado en el clavo: por fin Scorsese ha hecho su «remake» de «Centauros del desierto». La idea es provocativa: tanto el padre Rodrigues como Ethan Edwards (John Wayne) emprenden un viaje órfico para encontrarse con una Eurídice que los mira como si fueran extraños. Si John Ford consiguió que la épica del western estuviera al servicio de un intimista descenso a los infiernos, Scorsese se encomienda al canon del cine histórico clásico para reducirlo a cenizas; esto es, el periplo de un par de sacerdotes que quieren propagar la fe cristiana en tierra hostil se transforma en el diálogo que Rodrigues mantiene con un Dios sordo y ciego, filmado por un Scorsese que se ha despojado de su acostumbrado virtuosismo visual –que no narrativo: el uso de la voz en off recuerda en cierto modo al de «La edad de la inocencia»– para ponerse a la altura de tan ascética misión. «Silencio» no nos ahorra ni una sola tortura, ni un solo acto de crueldad. Incluso se toma la molestia de que entendamos por qué los japoneses deciden aplastar a los profetas del cristianismo, en boca del que debe de ser el personaje más discutible de la película, el inquisidor Inoue Masashige, al que Issei Ogata interpreta con una sonrisa retorcida, propia de un villano de serie B. Es la única nota discordante de un filme honesto, firme en sus principios, en forma de plegaria que se resiste a ser atendida.



Fuente: La Razón

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