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«Sólo ha habido un conflicto armado por el agua en los últimos 4.500 años»

Ha pasado 12 años consultando a los líderes espirituales del mundo para poder aplicar las técnicas que convierten el enfado-conflicto en diálogo.

-¿Por qué el interés por las religiones?

-El acercamiento occidental es siempre racional y la naturaleza de los conflictos no son así, no hay una forma racional de resolverlos. Cuando estás en una sala donde hay una reunión para resolver una disputa, la relación no evoluciona de forma lógica, sino que de repente notas una energía diferente, hay un instante en el que todo el mundo entiende. Son momentos de transformación y quise entenderlos. En el mundo de la universidad no encontré respuestas hasta que alguien me sugirió que esta transformación tiene que ver con la espiritualidad.

-Sostiene que el agua compartida es un buen catalizador para la cooperación y no sólo origen de conflicto.

-Cuando hay amenaza, los conflictos normalmente son verbales; muy raramente son violentos. Sólo ha habido una guerra por el agua en 4.500 de historia entre dos ciudades estado: Lagash y Umma. En una cuenca siempre se empieza con una tensión entre países, por ejemplo, porque uno quiere construir una infraestructura y el otro no. Hay tensión, casi se puede tener un conflicto armado, pero dicha tensión hace que surja el interés de los políticos sobre ese recurso compartido. Se enfoca más el problema y empiezan las conversaciones, se ponen medios y se termina firmando un tratado para resolver dichas tensiones. Si nos fijamos en los países que tienen conflictos serios en otras materias hoy en día, todos cuentan con una historia de grandes acuerdos de cooperación sobre agua: India y Pakistán, Israel y Palestina, Azerbaiyán y Armenia. Según un informe sobre las interacciones de los países durante 60 años, dos tercios de ellas han sido de cooperación.

-A lo largo de su carrera ha elaborado una base de datos que recoge todas las aguas compartidas, más de 300 cuencas. De ellas, ¿cuáles son conflictivas?

-Cada año hay unas 20 cuencas en las que hay tensiones importantes, otras 20 en las que no existe cooperación y en el resto la situación es de colaboración. Las delicadas están la cuenca del Nilo, porque Etiopía está construyendo una enorme presa y Egipto está en contra. En Asia Central, en el mar de Aral, una parte de los países de la zona están construyendo presas y los estados que se encuentran aguas abajo no están de acuerdo. Y en China, donde nacen muchos de los grandes ríos de Asia. El país tiene también planes de construcción de centrales hidroeléctricas para cubrir una demanda eléctrica cada vez mayor.

-Muchos de los conflictos se originan por la construcción de presas…

-Si el objetivo es embalsar agua, hay otras formas de hacerlo, por ejemplo en el subsuelo recargando acuíferos. Tiene impactos menores y no es causa de tensiones. Las grandes presas son muy interesantes para los políticos, pero hay formas buenas de construir y otras que no lo son. Es bueno hacerlo de forma cooperativa con los países que comparten la cuenca, no hacer presas enormes y si se construyen minimizar el impacto.

-¿El cambio climático incrementará las posibilidades de conflictos?

-El cambio climático va a tener mucho impacto en países secos. Siria, Sudán del Sur, Yemen están en un proceso de gran sequía. La falta de suministro está llevando a las personas a las ciudades, hay escasez de alimento y esto puede producir conflictos armados a nivel interno. En general, los países del África subsahariana y de Asia Central son los que más se van a ver afectados en este sentido. El otro área donde el cambio climático va a tener grandes efectos es en los países con glaciares, como los del Himalaya. Estos van a retroceder y tendrán que adaptar a un nuevo régimen hidrológico.

-En España se está elaborando un Pacto Nacional del Agua. ¿Cuáles son las claves para una correcta gestión?

-No voy a entrar en el caso específico de España, pero sí puedo hablar de Estados Unidos, que ha seguido una trayectoria parecida: en los 50-60 se construyeron muchas infraestructuras que no tuvieron en cuenta el medio ambiente. La clave en la gestión es considerar quiénes son los usuarios del agua ahora, incluido el medio ambiente, y cuáles serán los del futuro y desde ahí planificar. Hay dos partes: la oferta y la demanda; muchas veces nos centramos sólo en la primera, en obtener más agua, con desalinización, grandes presas… y poco en la parte de demanda, donde hay mucha capacidad de mejora con cultivos que demanden menos agua, reciclaje, etc.

-Entonces, ¿no siempre es necesario buscar nuevos recursos hídricos?

-Puntualmente se puede considerar buscar más recursos, pero cuando el resto de las posibilidades se haya acabado. En Israel y Australia han llegado al techo de consumo de agua, no tienen más, y han conseguido equilibrar demanda y oferta. Están probando cultivos, fomentan industrias que consuman menos o reutilizan el mismo agua una y otra y otra vez. Sólo al final se han planteado ir a la desalación.

-¿Habrá que beber agua regenerada?

-Absolutamente. Y de alguna manera ya se hace porque muchos ríos tienen gente aguas arriba. Alguien ha usado el agua antes, ha depurado y la ha vuelto a verter al río. Es verdad que provoca cierto asco, pero los astronautas lo hacen todo el tiempo que están en el espacio.

-Ciudad del Cabo está al borde de un corte de agua. ¿Esto puede pasar en cualquier ciudad?

-Creo que no se van a quedar sin agua porque se trata de un país industrializado y encontrarán soluciones. En el mundo industrializado es impensable que alguien se quede sin beber. Este tipo de cosas suceden en los que están en vías de desarrollo, en Amán, por ejemplo, se pueden necesitar camiones para dar de beber a la gente. Probablemente no se ha planificado bien y es lo que hay que hacer, planificar a 20 años para que esto no ocurra.



Fuente: La Razón

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