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Superado lo peor de la crisis, el Rey apela al acuerdo y la unidad

El despacho del Rey en el Palacio de la Zarzuela, su lugar habitual de trabajo, fue el recuperado escenario del mensaje que, cada Nochebuena, dirige Su Majestad a los españoles. En esa vuelta a la puesta en escena que tan bien conocen todos los ciudadanos, casi familiar, Don Felipe quiso trasladar al conjunto de la Nación su convencimiento de que el periodo más complejo y difícil que ha vivido España desde la reinstauración de la democracia ha sido superado con éxito. Que la deseada normalidad en la convivencia de los españoles debe ser posible, incluso, por encima de los equilibrios políticos que en cada momento determinen las urnas, es decir, la voluntad popular. En este sentido, conviene recordar que en la Navidad de 2015 Don Felipe nos sorprendió a todos al elegir el imponente escenario del Salón del Trono, en el Palacio Real, para dirigirse a los españoles. Acababan de conocerse los resultados de unas elecciones que dejaban abierta la incertidumbre de la gobernabilidad; unas elecciones, como sabemos, que se consumirían en una legislatura fallida, y con la elección del augusto y centenario edificio del Palacio Real, con la exhibición del peso de la historia, Don Felipe quiso recordarnos la grandeza de una Nación multisecular, forjada en la unidad y en el esfuerzo colectivo, que había sido capaz de superar todas las dificultades. Y aunque parece que ha transcurrido un siglo desde que el Rey se dirigía en el Salón del Trono a un pueblo inquieto y preocupado por el sensible cambio en la relación de las fuerzas políticas, sólo han sido doce meses, febriles y complicados, sí, pero que, a la postre, han dado la razón a Su Majestad. Y así, esta Nochebuena, el Rey se ha dirigido a su pueblo desde su despacho, en el mismo lugar donde ha desempeñado impecablemente su papel constitucional en el desarrollo y superación de la crisis de estabilidad. Desde esta perspectiva de la prueba vencida, con un Gobierno en minoría, pero con razonables expectativas de poder sacar adelante sus principales líneas programáticas, el mensaje de Su Majestad adquiere un tono de optimismo, de confianza en las propias virtudes nacionales, de reconocimiento de los esfuerzos realizados por la sociedad y de agradecimiento y esperanza a aquellos que más han sufrido en este largo tiempo de contracción de la economía, a quienes el Rey prometió que la Nación no les abandonará en la soledad del camino. Así lo entendieron los representantes de los principales partidos políticos constitucionalistas –PP, PSOE y Ciudadanos–, para quienes las palabras de Su Majestad son una llamada al trabajo en común, que pone la mirada en el futuro más que en el pasado. Reacción que contrasta con las de Podemos y los nacionalistas, que, lógicamente, se sintieron interpelados por el Rey. Porque, en efecto, los convocó para que fueran capaces de corregir esas disfunciones que lastran la convivencia, de las que todos somos conscientes. Por eso, Don Felipe advertía –como ya lo hizo en su discurso de inauguración de las Cortes– contra quienes agitan viejos rencores y reabren las dolorosas heridas que habían sido cerradas durante la Transición, precisamente, por las generaciones de españoles que habían sufrido la Guerra Civil y sus consecuencias en carne propia. Y frente al desafío separatista catalán, que se empecina en la frustración, Su Majestad recordaba que vulnerar las normas que garantizan nuestra democracia y libertad sólo lleva a tensiones y enfrentamientos estériles y al empobrecimiento moral y material de la sociedad, y apelaba a la convivencia democrática basada en el respeto a la Ley y en la voluntad leal de construir. Y finalmente, aunque no por este orden, el Rey se refirió a la mejora general de la situación económica española, cuyos resultados empiezan a percibirse con mayor claridad en el cuerpo social, pero sin olvidar que para que esa recuperación se consolide es preciso crear mucho más empleo y de mejor calidad. Tuvo, sin embargo, el mensaje de Su Majestad una referencia inusualmente extensa a la nueva realidad creada por las tecnologías de la comunicación y al desafío que estas herramientas suponen en la formación de las nuevas generaciones. Algunos han querido ver en estas palabras de Su Majestad otra admonición a los responsables políticos para que aparquen diferencias y aborden la necesaria reforma educativa, con el mayor consenso posible. No sería extraño, porque el fondo de todas las intervenciones de Don Felipe contiene la apelación a la unidad, al pacto y al acuerdo en beneficio de los intereses generales. También se reflejó ese fondo en sus palabras de la Nochebuena, por cuanto el Rey es perfectamente consciente de que el desbloqueo parlamentario, aunque positivo, puede revertirse de no mediar el acuerdo entre los partidos mayoritarios. De ahí el acento real en lo que une a los españoles y la idea de la obra compartida «para hacer la mejor España posible».



Fuente: La Razón

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