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«Tomb raider»: ¿De tal palo, tal astilla?

Roar Uthaug. Geneva Robertson-Dworet. Alicia Vikander, Dominic West, Walton Goggins. EE UU, 2018. 118 minutos. Aventuras.

La orfandad paterna es moneda común en el cine de superhéroes. Es decir, su árbol genealógico se sustenta en un problema de filiación. Huelga decir que la nueva Lara Croft, que aspira a ser superheroína sin superpoderes, busca a su padre biológico, que el sentido común ha dado por perdido de camino a la isla que oculta la tumba de Himiko, la reina de la muerte. Y la propia película, como «reboot» de una franquicia que a su vez es adaptación del «reboot» del videojuego en que se basa, busca a su original para diferenciarse de él, para que nadie le pueda decir «de tal palo, tal astilla». Los tiempos, claro, han cambiado. La Lara Croft que encarnó Angelina Jolie en 2001 era hija adoptiva de Indiana Jones, y su potencial como «sex symbol» anabolizado eclipsaba cualquier intento de aportarle una profundidad psicológica, inmersa en una catarata de efectos digitales. La Lara Croft de Alicia Vikander es más cálida, más cercana, tal vez porque la película, que podría considerarse una precuela, cuenta el proceso por el cual descubre su resistencia física, su elasticidad y su amor por la aventura –esto es, es una superheroína que no sabe que lo es–, o tal vez porque prefiere alinearse con esa tendencia tan contemporánea en el cine de superhéroes que gusta de darse aires de grandeza (véase la sobrevalorada «Logan») abrazando la melancolía sin sustancia. En cualquier caso, cabría preguntarse por qué una película como «Tomb Raider» parece más noventera que el original, cuando, al menos que este crítico sepa, la nostalgia por el cine de esa década aún no se ha puesto en circulación por los «millenials». Así las cosas, sorprende que sus escenas de acción más eficaces no abusen de lo digital, que la narrativa videolúdica no aparezca hasta el tercio final y que los esfuerzos de Vikander por convertirse en superheroína estén enfocados a resaltar su fisicidad, la capacidad atlética de su cuerpo, como si en realidad fuera una reencarnación femenina de los héroes de acción analógicos del periodo. Todos estos factores no contribuyen a darle un aspecto «vintage» a la película, más bien al contrario: da la impresión de que este «reboot» ha nacido caducado, huele a «dejà vu». Cuando parece que la aventura se anima, y que «Tomb Raider» va a convertirse en una versión exótica de «Resident Evil», el noruego Roar Uthaug da marcha atrás y parece tener prisa por llegar al «twist» final, que abre la puerta a una secuela que tal vez pueda aprovecharse de la buena prensa que ahora gozan las superproducciones con mujeres, sí, empoderadas.



Fuente: La Razón

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