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Traducir con máquinas: ¿trampa o recurso?

Una investigación realizada a partir de entrevistas en profundidad a 59 jóvenes catalanes plurilingües identifica cuáles son las estrategias que utilizan los expertos para aprovechar los traductores automáticos como Google, Bing y las apps de algunos periódicos y universidades. Los resultados muestran la existencia de una brecha relevante entre los jóvenes más experimentados, que han desarrollado destrezas sofisticadas de traducción, y los menos formados, que apenas recuerdan el nombre del programa que usaron alguna vez o que lo utilizan de manera mecánica y acrítica.

Ante todo, los más expertos distinguen varios contextos de uso del traductor: para leer en un idioma extranjero, para escribir y revisar sus escritos o incluso para preparar una exposición oral (si el programa incluye reconocimiento y síntesis de voz, como Google), escuchando y repitiendo la oralización de expresiones desconocidas. También conocen los programas de traducción más usados y los eligen según la combinatoria lingüística: quizás Google funcione bien desde el inglés o hacia ese idioma, pero entre lenguas peninsulares (español-catalán-euskera-gallego) funciona mejor el traductor universitario Apertium. Los expertos incluso afirman elegir selectivamente los idiomas de trabajo, según la situación: muchos catalanoparlantes preferimos escribir en castellano para ser traducidos por Google al italiano o al portugués, en vez de hacerlo desde el catalán, que ofrece peores resultados.

Los expertos usan el traductor con esmero. Preparan con cuidado el texto de salida: evitan las frases hechas y la ironía, añaden el sujeto a la oración, evitan nombres propios o palabras poco frecuentes. Lo corrigen varias veces porque saben que muchas malas traducciones provienen de un original plagado de errores. Luego revisan manualmente la traducción automática: la comprueban palabra por palabra con sus conocimientos o con otros programas (diccionarios, verificadores) y aprovechan las sugerencias de mejora que ofrecen algunos traductores. De hecho, los expertos poseen diversas estrategias de revisión, como utilizar el buscador de imágenes (por ejemplo, para asegurarse que erdbeeren son fresas en alemán), Wikipedia (para saber qué tipo de bollo bávaro es el Bretzel) o Wordreference (para hallar posh como traducción fiable del alemán schickimicki).

Una de las principales tácticas consiste en utilizar un tercer idioma conocido para confirmar una traducción entre dos lenguas. Por ejemplo, si debemos leer una noticia del francés, la traducimos al español y luego al catalán y comparamos si los resultados concuerdan; si comprendemos ambas traducciones y el significado coincide más allá de algún vocablo incongruente o de alguna frase inconexa, concluimos que el traductor acierta y que entendimos bien el original francés. Del mismo modo, si escribimos en español para ser traducidos al inglés, podemos retraducir la versión inglesa resultante a otro idioma conocido, para confirmar la coherencia de la traducción. Y es que los traductores, como el resto de recursos lingüísticos digitales, funcionan mejor cuantos más conocimientos tenga el usuario sobre las lenguas y sobre las máquinas.

Detrás de estos comportamientos hay actitudes radicalmente diferentes. Los inexpertos opinan que el traductor automático es “horrible”, que usarlo “es hacer trampas”, que “no se aprende” o que “se nota mucho que no lo has hecho tú”. Consideran que usar el traductor “es malo”, pero que consultar una gramática o un diccionario “es bueno” aunque el primero consista en un diccionario y una gramática digitales aplicados a un algoritmo… También sugieren a veces que va mejor si se usa solo con palabras sueltas, lo cual es un error, porque el programa tiene más dificultades sin contexto verbal para elegir entre varias acepciones de una palabra polisémica.

Al contrario, el experto sabe que los programas son máquinas neutras y que lo bueno o malo es su utilización. Asumen que la traducción perfecta es una quimera, como sugiere el famoso “traduttore, traditore”, pero que los traductores ofrecen buenas aproximaciones cada vez mejores, usados con pericia. Quizás ofrezcan solo un primer borrador, que hay que revisar con extrema cautela, pero… ¡Cuanto tiempo ahorran!, y ¡cómo los echamos de menos cuando se cae la red!

 

Daniel Cassany es profesor titular de Análisis del Discurso en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona.



Fuente: Cinco días

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