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“Trainspotting 2”, ¡Vaya bajón!

«La nostalgia –habla Danny Boyle– es un recurso pero también puede resultar un enemigo». Ni que lo diga, sobre todo si retomas una película como «Trainspotting» veinte años después. A Boyle le ha ocurrido lo mismo que a su protagonista, aquel Mark Renton que dejaba en la estacada a sus amigos, quedándose con todo el botín de un robo para «elegir la vida y elegir una lavadora que te cagas», y que ahora vuelve a Edimburgo con la cola entre las piernas dispuesto a convertirse en un turista paseando por su añorada juventud. El problema de «T2 Trainspotting», que ayer aterrizaba en la Berlinale fuera de concurso, es que ese paseo, que, por obligación, ha de teñirse de los colores del crepúsculo, carece de discurso. Y eso es un pecado imperdonable cuando de lo que se está hablando es del paso del tiempo, y de sus efectos en lo que fue todo un manifiesto generacional.

Lo que se encuentra Renton (Ewan McGregor, reconciliándose con Boyle después de su ruidosa separación por el caso «La playa») a su regreso a Ítaca – o a ese Edimburgo que parece un cementerio de automóviles– es un paisaje después de una batalla que parece haber durado dos décadas. Begbie (Robert Carlyle) se las apaña para escaparse de la cárcel, y se ha transformado en el psicópata que siempre estuvo a punto de ser. Simon (Johnny Lee Miller) chantajea a hombres de negocios con secretas perversiones sexuales con la ayuda de una amiga prostituta, y sigue regentando el pub, ahora un desierto para borrachos, donde se reunía con sus colegas. Spud (Ewan Bremer) lidia con su adicción a la heroína.

– Un tiovivo formal

El reencuentro de Renton con los dos últimos es tan alicaído como el resto de la película, que intenta compensar su errático devenir con la combinación feista e inoportuna de encuadres imposibles, formatos irreconciliables y texturas gratuitas, un tiovivo formal que abruma al espectador de tal modo que, mareado, puede olvidarse de que lo que está viendo no tiene ningún interés.

Boyle ha confesado que «T2 Trainspotting» no es una secuela. Extraño, teniendo en cuenta que la profusión de imágenes del original es notable, y que la película –que se inspira en el «Porno» de Irvine Welsh y que convierte a Spud, en una maniobra forzadamente metalingüística, en testigo literario del presente–, se apoya en ellos como quien busca a alguien a quien amaba en un álbum de fotos.

El filme parece existir en la contradicción de buscar su sentido en el pasado mientras insiste en separarse de él. A Boyle, otra vez, le pasa lo que a Renton, que cuando vuelve a entrar en su habitación pone el «Lust For Life» de Iggy Pop en el tocadiscos para quitarlo al segundo. Ese «coitus interruptus», que evoca la banda sonora y emocional del original sin proponer una alternativa, genera un sentimiento de frustración hacia el espectador natural del filme, el que ahora tiene la misma edad que Renton. Si el cinismo nihilista explicaba la dimensión generacional de la original, hablándonos del individualismo como único modo de sobrevivir al tsunami de la edad adulta, el buenismo explica el adocenamiento de esa generación que ha perdido toda su vitalidad por el camino. «T2: Trainspotting» es un bajón en toda regla, tal vez el que se merece la Europa del Brexit y el auge de los nacionalismos.

A falta de Ewan McGregor, que no hizo acto de presencia en la rueda de prensa de su amigo Boyle, otra estrella de relumbrón, Richard Gere, pasó por la Berlinale para presentar «The Dinner». Lo cierto es que, en la película de Oren Moverman, el galán canoso comparte democrático protagonismo con los otros comensales, que interpretan Steve Coogan, Rebecca Hall y Laura Linney. Gere es un político, aspirante a gobernador, que invita a cenar a su hermano, ambos acompañados de sus esposas, a un restaurante de lujo para hablar de un asunto peliagudo, que puede comprometer sus vidas y, sobre todo, las de sus hijos. A tres pasos de «Un dios salvaje» y a uno de «Caché», el menú de la película es lo suficientemente opíparo para que salgamos con la panza llena y la conciencia intranquila. «Tanto “El mensajero” como “Invisibles” ya hablaban de cuestiones sociales que me preocupan», admitió Moverman, también guionista de «I’m Not There». Inevitable que, habiendo un político en la mesa –que, según Gere, responde a todos los clichés, empezando por ser «superficial y mujeriego»–, apareciera el tema de Trump. «Ro-damos el filme el pasado febrero, antes de que lo inimaginable pasara», explicó Moverman. Y entonces Gere, budista hasta las cejas, se mojó: «El número de crímenes de odio en Estados Unidos ha aumentado desde que Trump ganó las elecciones, y creo que está pasando algo parecido en Europa con la extrema derecha», dijo Gere. «El error de Trump ha sido mezclar a los terroristas con los refugiados. Los refugiados ne-cesitan empatía, apoyo, protección, y nos están enseñando a tenerles miedo».

«The Dinner» habla, indirectamente, de Trump, pero ese es sólo un efecto colateral de lo que el filme considera el origen del virus –la familia como espacio enfermo y disfuncional– y las consecuencias de ello en la Historia americana. El personaje clave para entender lo que pretende Moverman no es el del político sino el de su hermano Paul, profesor de Historia, que tiene especial fijación con la batalla de Gettysburg y vive en un permanente estado de crisis mental y ruptura con la realidad. «En la novela original de Herman Koch, que es holandesa, Paul enloquece cuando va a Berlín. Los monumentos al Holocausto, las huellas omnipresentes de la Segunda Guerra Mundial, le sobrepasan», explica el cineasta. «Pensamos en encontrar un lugar similar en América, y Gettysburg nos pareció el mejor. Allí fue donde el Norte empezó a ganar la Guerra Civil y se derramó mucha sangre. Allí murieron cincuenta mil soldados». En cierto modo, Paul concentra todos los traumas que Moverman quiere poner sobre la mesa, y aunque al principio es difícil separar al Steve Coogan cómico, verborreico y cínico (esa «salvaje flor exótica», como lo calificó Gere), de la excentricidad que percibimos en el personaje, finalmente emerge como ese demonio de Tasmania capaz de destruir lo que le rodea mientras no para de autocompadecerse. Tal vez «The Dinner» quiera tocar demasiados temas al mismo tiempo, y subraye en exceso sus intenciones metafóricas a la hora de vincular violencia e Historia, pero es admirable cómo lo que parece dispersión para airear la trama, para luchar contra su teatralidad, confluye en un contundente enfrentamiento dialéctico que no ofrece respuestas fáciles.



Fuente: La Razón

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