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«Últimos días en el desierto»****: La emoción de lo humano

Excelente idea la de definir las dudas existenciales de un Jesucristo que podría ser hermano gemelo del imaginado por Nikos Kazantzakis a través de la complejidad terrenal de las relaciones paterno-filiales. En ese sencillo «¿Dónde estás, padre?» formulado por un Mesías tentado por su doble demoníaco (ambos interpretados por un espléndido Ewan McGregor) se resume la necesidad de filiación, entendida como dependencia emocional pintada en claroscuros, que las religiones necesitan tener con sus ídolos. Rodrigo García, tan acostumbrado a explorar las complejidades de los vínculos intergeneracionales, inventa una parábola, variación laica de la de Abraham e Isaac, para que la angustia introspectiva de la búsqueda de Jesús se proyecte fuera de su burbuja. El encuentro de Jesús con la familia de un albañil anclado en el desierto ha de allanar su camino hacia Jerusalén. Podría decirse que se limita a escuchar las razones de padre e hijo (magníficos Hinds y Sheridan) para acallar los conflictos que los separan, pero su política de no intervención está lejos de convertirlo en un observador pasivo. Es en su silencio, en su estupor, en su rostro de impotencia y empatía donde García encuentra las respuestas que Jesús hace servir como (inútil) bálsamo. El director de «Nueve vidas» rinde homenaje a ese clima de tensa serenidad desde una puesta en escena austera y meditativa, apoyado en la excelente fotografía de Emmanuel Lubezki, y consigue despojar a una fábula religiosa de fatuidades trascendentes, de modo que lo que queda, al margen de un epílogo un tanto brusco, es la emoción de lo humano.


Fuente: La Razón

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