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Un Beethoven intermitente

Resulta cuando menos curioso que dos intérpretes que, además de ser hermanas, actúan juntas de forma habitual, manifiesten sobre el escenario universos expresivos tan dispares como Viviane y Nicole Hagner. Para la violinista alemana era su segunda actuación dentro del ciclo de La Filarmónica, que ya confió en ella hace algo más de tres años con unas piezas tan comprometidas como las partitas para violín de J. S. Bach. Hay pocos cambios en cuanto a sus prestaciones técnicas: afinación impecable, sonido cuidado, un vibrato más contenido que el de su maestro Pinchas Zuckerman y un exceso de legato que termina por descabalar ocasionalmente a sus acompañantes. Por su parte, Nicole Hagner no parece una pianista dada a excesos creativos ni a visiones demasiado personales de las partituras, pero atesora a cambio una puntualidad rítmica sorprendente. Eso en según qué repertorios es una ventaja; en Beethoven aporta tanto como quita. La primera parte, que incluía la «Sonata nº 3, op. 12/3» y la conocida «Sonata nº 5, op. 24, Primavera», pecó de falta de contención por parte de Viviane Hagner y del exceso de metrónomo de su hermana. Los ataques ásperos del violín y los continuos balanceos dinámicos hicieron desaparecer el espíritu jovial y la carga de inocencia que dicta la partitura. Éste no es un Beethoven torturado ni extremo en cuanto al material emocional que se disemina por la sonata, sino que se acerca más al Mozart maduro de melodía fácil y serena. Por ello, llevarlo continuamente a esa dialéctica torturada le resta coherencia al conjunto: no todo es dolor en Beethoven. A pesar de ello, ambos adagios permitieron a las hermanas fluir en ocasiones por un mismo cauce. Todo mejoró bastante en la segunda parte, tal vez porque el tipo de apuesta interpretativa de las Hagner cuadra mejor bajo el lenguaje intenso y el aliento romántico de la monumental «Sonata nº 9, Op. 47, Kreutzer». La afinación extraordinaria de la violinista alemana en las notas sobreagudas, la medida elegancia en el uso de las dobles cuerdas, y, ahora sí, la necesaria rudeza y los continuos cambios del espectro expresivo parecieron cuadrar naturalmente con la retórica incontenible del Beethoven de principios del siglo XIX. Los dos primeros movimientos fueron lo mejor de la velada al encontrarse en el mismo plano sonoro una Nicole Hagner más predispuesta al lirismo y el sonido hedonista del Stradivarius de Viviane. Con el amable Andante de la «Sonata para violín nº 3, op. 137» de Franz Schubert como propina, finalizó un concierto donde el mejor Beethoven sólo apareció de forma intermitente y en las escasas ocasiones en las que los itinerarios de ambas artistas convergieron.



Fuente: La Razón

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