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Un desierto en la España verde

No es fácil imaginar que el paisaje árido de las Bardenas Reales estuviera cubierto de bosques en el pasado y, mucho menos, que fuera el lugar favorito para las cacerías reales. Tampoco es necesario viajar muy lejos para contemplar un desierto de infarto.

En mitad del fértil valle del Ebro, a poco más de 70 kilómetros de los Pirineos y muy cerca de Tudela, la capital de la Ribera navarra, se encuentra este asombroso territorio semidesértico.

La erosión de sus suelos de arcillas, yesos y areniscas ha esculpido a lo largo de millones de años formas caprichosas que han dado lugar a un mundo de aspecto casi lunar, repleto de barrancos, mesetas planas y cerros solitarios en el suroeste de Navarra, que se adentra también en Aragón, y que recuerda a los agrestes parajes de Arizona que tantas veces hemos visto en los western.

Un páramo seco y desolado de más de 42.000 hectáreas (45 kilómetros de norte a sur y 24 de oeste a este) que, sin embargo, es una de las panorámicas más impresionantes que pueden verse en la península.

Fuente de inspiración de pintores y escritores y escenario de anuncios publicitarios, de películas y de series como Juego de Tronos, este territorio insólito, de belleza salvaje, declarado reserva de la biosfera por la Unesco, esconde grandes valores naturales.

El Parque Natural de las Bardenas Reales se divide en tres zonas de norte a sur: el Plano es tierra dedicada al cultivo, en la Bardena Blanca, la más fotografiada y visitada, están localizadas las formaciones más llamativas, como Castildetierra y Pisquerra. Desafortunadamente, en esta espacio, de apariencia esteparia, se encuentra también un polémico campo de tiro, donde los pilotos militares se entrenan desde hace seis décadas.

Por último, el terreno se oscurece en la Bardena Negra, dando paso a los únicos bosques de pino del parque acompañados de matorral.

Aunque lo habitual es recorrer el parque en todoterreno, es un destino perfecto para hacer rutas de senderismo o bicicleta; tampoco es mala idea adentrarse en las Bardenas a caballo. Hay varias posibilidades de acceder a este laberinto de caminos, torrentes secos y vaguadas. El pueblo de Arguedas es una de las puertas de entrada más convenientes y de las más utilizadas.

Para los amantes del senderismo y el ciclismo, las Bardenas son un auténtico paraíso. Se pueden recorrer más de 700 kilómetros de caminos, pistas y cañadas, muchas señalizadas. No obstante, en la primera incursión a este enclave natural es recomendable ir acompañado de guías especializados, ya que, además de evitar el riesgo de perderse en este desierto, ayudan a interpretar un paisaje que en tiempos remotos llegó a ser una tierra habitada por cocodrilos y tortugas.

Hoy su flora y fauna son más propias del desierto africano que del norte de España: águilas, buitres, búhos, avutardas, zorros, gatos monteses, ginetas, anfibios y reptiles campan a sus anchas.

Para preservar este espacio natural, no está permitido el ascenso a las formaciones rocosas ni caminar fuera de paseos o pistas agrícolas.

Una vez en el interior, nos encontraremos con excepcionales miradores que muestran las diferencias entre unas zonas y otras. Desde el Alto de Aguilares se obtiene la más completa panorámica de la Bardena Blanca. El Balcón de Pilatos es un fantástico observatorio de aves.

Y hay puntos elevados que muestran la riqueza de este territorio, en el que se esconden tres reservas naturales: el Vedado de Eguaras, un oasis al norte del parque que conserva las ruinas del castillo de Peñaflor; el Rincón del Bu, en la Bardena Blanca, en cuyos cortados anida el búho real, y las Caídas de la Negra, en la Bardena Negra, nombre que hace referencia a los cortados que alberga de hasta 270 metros de desnivel.

Tradicionalmente, estas tierras han estado dedicadas a la agricultura de secano y a la ganadería. Ha sido un lugar muy importante en la trashumancia de ovejas desde los Pirineos. Los pastores de Roncal y Salazar bajaban su ganado a través de La Cañada de Los Roncaleses; hoy todavía es un paso utilizado en el mes de septiembre. Los rebaños contribuyeron a la deforestación de la zona.

La característica de las Bardenas Reales son sus paisajes semidesérticos, pero si se visitan en invierno o en primavera, sorprenden los horizontes verdes en alguna de sus grandes llanuras, fruto de la existencia de un embalse en uno de sus extremos que alimenta plantaciones de cereales, arroz y otros cultivos.



Fuente: Cinco días

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