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Una cuestión de peso

el otro día me senté en una terraza de la madrileña calle de Goya y pasé un buen rato, o malo, según se mire, contabilizando el número de personas con sobrepeso o abiertamente obesas que desfilaban por la acera. El resultado fue demoledor. Con razón figuran los topónimos de Obesia, Jamonia, Gambonia, Comilonia y Croquetalandia en la lista de neologismos que poco a poco he ido inventando para rebautizar España. No es para menos. Mis compatriotas están obsesionados por la comida. Zampabollos sería un gentilicio más que idóneo para ellos. Todo el país está lleno de restaurantes, tascas, figones, taperías, hamburgueserías, pizzerías, bocaterías, buffetes, pastelerías, bullipollecerías y otros lugares que habrían hecho las delicias de Carpanta. Cuesta trabajo creer que a estas alturas de la historia de la dietética sigan convencidos los obesios, jamonios, gambonios, comilonios y croquetalandios de que el almuerzo y la cena no lo son de verdad si semejante zafarrancho de calorías no llega precedido por unos entremeses y acompañado por dos o tres copas de vino. Lo de los dos platos es una barbaridad que, excepciones aparte, reservadas para ocasiones de relumbrón, ya no se practica en ningún otro país civilizado. Pero vuelvo a mi encuesta… En cosa de media hora pasaron ante mí doscientas ocho personas, la calle estaba animada… Ésa es otra. Los españoles se dedican mayormente a callejear. Se diría que nunca dan golpe. Lo cierto es que aquí ya no cabe un alfiler y el cómputo fue el que a continuación detallo: noventa y ocho viandantes con visible sobrepeso, setenta y nueve con flagrante obesidad y el resto (treinta y uno) dentro de la normalidad. Para hacerse cruces, ¿no? Y eso que el muestreo se produjo en el barrio de Salamanca. Si me hubiese sentado en cualquier local análogo situado en la Gran Vía o en Vallecas, los porcentajes de la adiposidad abdominal, culera y mamaria habrían sido aún mayores, pues existe una proporción inversa al respecto entre las clases sociales. Cuanto más alto es el nivel de vida, más bajas son las cifras que aparecen en la balanza. Todo el mundo, en estos tiempos, come mal, pero los pobres lo hacen peor que los ricos. Vamos, sea como fuere, hacia una sociedad, próspera o no, en la que lo raro será no ser diabético. Y, sin embargo, adelgazar es muy fácil y no obliga a gastar dinero, tiempo y molestias en sofisticadas dietas que suelen ser puro camelo. Quédese el asunto para la próxima semana.



Fuente: La Razón

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