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Una mirada animal al Cantábrico

Aunque con objetivos claramente distintos, en algo se parece la vida del documentalista de la naturaleza a la del cazador: ambos salen antes de que despunte el sol, aguardan horas y horas a su «presa» y, a menudo, regresan a casa de vacío. La soledad y la paciencia son sus dos compañeras inseparables. «Llevo toda mi vida haciendo esto, esperando que pasen cosas delante de mí; a veces es frustrante si no consigues resultados, pero es un momento mágico cuando se te acerca un lince a la cámara o tienes a un oso pardo dando de mamar a sus cachorros a 200 metros». Lo dice Joaquín Gutiérrez Acha, uno de nuestros documentalistas más influyentes, hasta el punto de que la BBC o National Geographic han comisionado trabajos suyos. En 2013 llevó su «Guadalquivir» por medio mundo y del éxito de aquel trabajo, con el lince ibérico como gran estrella, surgió este otro, «Cantábrico (los dominios del oso pardo)».

– Un entorno desconocido

Este mamífero, el más grande del hemisferio norte, es sólo el pretexto para hablar de toda una cordillera de 480 kilómetros en la cornisa norte de la Península que nada tiene que envidiar a las regiones naturales más famosas del mundo en cuanto a diversidad: «Estamos ante un sitio espectacular, posiblemente uno de los territorios más salvajes del mundo. Está a la altura de enclaves como Alaska, Canadá, Yellowstone. Y aun así es muy desconocido, así que nuestra mirada aquí es obligada», explica el realizador. La cámara de Gutiérrez Acha pasea por las nevadas y pedregosas cumbres donde el rebeco brinca con descaro y habilidad, acompaña a los salmones en su espectacular remonte del río bravo, investiga los secretos de las plantas carnívoras y se admira ante la elegancia del gato montés… «WWF, la antigua Adena, hizo un tráiler de presentación de esta película con un eslógan que creo es muy acertado para dar a conocer este zona: ‘‘No es Alaska, es el Cantábrico’’», recuerda el director.

Un equipo reducido ha vivido durante más de dos años en la cordillera, con base en Villafranca del Bierzo, para extraer el jugo de una naturaleza genuina. «Para filmar en el campo no pueden ir muchas personas –añade Gutiérrez Acha–. Íbamos tres o cuatro y nos dividíamos, conectados por radio. Cuanta menos gente haya es más efectivo, molestas menos a los animales y consigues más resultados. Después, hay un gran equipo de sonidistas, posproducción, etc, además de los científicos, agentes medioambiente o los locales de las aldeas, con muchos conocimientos sobre los hábitos de los animales, que nos ayudaron mucho». Acercarse al lobo fue el mayor reto de la expedición: «Es el animal por excelencia más complejo, porque es muy listo y además está presionado por el hombre. Siempre está alerta, huele desde muy lejos, y ve y oye muy bien».

El otro gran reto del rodaje fue capear uno de los inviernos más extremos de los últimos años en la zona: «Fue criminal. Veíamos a los animales morir, enterrados en la nieve hasta los ojos, sin poder avanzar, incluso los adaptados a todo como los rebecos, los corzos… Los coches no podían moverse y los caminos estaban sellados de nieve». Con todo, Gutiérrez Acha se trajo un material que, apoyado en las últimas tecnologías como el «time lapse», permiten disfrutar con detalle del despuntar de las setas o la caída de las hojas.



Fuente: La Razón

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