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Wagner en el desguace

Se juró acometer una travesía casi imposible: doblar con su barco el cabo de Buena Esperanza, aunque hacerlo le llevara al holandés errante, más que la vida, la eternidad entera. El diablo, hábil negociador, le tomó la palabra. Cuenta la leyenda que una vez cada siete años la embarcación toma tierra y el marino busca con desespero a esa mujer que sea capaz de enamorarle y amarrarle al suelo. Si ese amor no llega, estará condenado a vagar hasta el día del Juicio Final. Durísimo destino el de este hombre a cuya historia puso música Wagner, impresionado por un relato tan imposible como fabuloso, henchido de romanticismo y único en un momento de su vida en que las deudas le asediaban como a este pobre desgraciado capitán, desconfiaba de lo que sería capaz de hacer, su esposa no le llenaba y estaba imbuido por los ideales revolucionarios de mediados del siglo XIX. No obstante, fue capaz de parir la que se considera su primera obra «oficial».

Hoy, por tercera vez desde su reinauguración sube al escenario del Teatro Real con una impresionante puesta en escena que firma Álex Ollé y con escena de Alfons Flores y dirección musical de Pablo Heras-Casado. Vuelven a coincidir escenógrafo y batuta tras «Auge y caída de la ciudad de Mahagonny» en 2011. En aquella ocasión compartimos mesa y mantel (estaba también Carlos Padrissa en el encuentro) con ellos y en esta ocasión hemos tirado de teléfono para saber cómo es este marino que vaga hasta «ad eternum». Ollé está satisfecho con la acogida del ensayo general. Gustó mucho. «Es un título muy atractivo y extraodinario en la producción de Wagner, tiene a Pablo en la dirección de orquesta, que es todo un reclamo, y La Fura siempre despierta expectación. Yo creo que éstos son los motivos». Más claro, imposible.

Sobre el escenario una puesta en escena que no se parece en nada a la que Álex Rigola llevó al coliseo en 2010, dirigida por López Cobos. Casi siete años después, como el holándes, vuelve. Cuenta este «furero» que todo surgió cuando el equipo se hizo una pregunta: ¿Podría pasar esto hoy? Y se respondieron: «Aquí en Occidente sabíamos que no,pero en culturas más tribales, como en África, quizá sí. Allí venden a las mujeres. Coincidió esto con la proyección de un documental sobre un puerto de desguace de barcos, con una imagen fantasmal, Chittagong, un infierno en la tierra. Fue nuestro punto de partida. Además queríamos jugar con el tema de la espiritualidad, la vigencia de las leyendas orales y acercarlas al público hoy, pues trata sobre temas universales que no han perdido un ápice de actualidad, como la muerte, la pasión, la libertad, la eternidad…

Cuando el espectador se siente en el asiento, y tras escuchar la obertura inicial, que sirve para dejar con la boca abierta al proyectar las primeras imágenes, verá la hermosura de un un barco de 15 metros de altura, concebido por Flores, que se va desguazando al tiempo que transcurre la ópera. «A medida que va perdiendo piezas aparecen los fantasmas de su interior, lo que nos hace reflexionar sobre los miedos, las angustias, lo que tenemos guardado dentro», explica.

– En la misma dirección

Para el director de escena es su segundo Wagner tras «Tristán e Isolda», y para Pablo Heras-Casado será el primero. «Trabajar con él es un aval porque sabes que las cosas no van a salir mal. Nos entendemos bien. Yo creo que trabajamos con muchas ganas porque existe entre nosotros un tema generacional que nos une, aunque él sea bastante más joven. Vamos en la misma dirección y eso es algo que se percibe perfectamente en el espectáculo. Digamos que somos capaces de organizar el caos», señala Ollé, quien nos habla de las vidas futuras de este montaje en el cercano Lyon y en la lejanísima Australia.

Destaca Ollé esa parte de espiritualidad del título, «que está muy bien marcado por la música, convertida en imágenes. Lo que hemos destacado en este montaje es la capacidad de acompañarla con potentes imágenes y escenografías y en buscar las emociones y el lenguaje sensorial», asegura el miembro de La Fura, quien comenta que el hecho de que una puesta en escena lleve ese sello obliga a ofrecer un altísimo nivel: «Es bueno, sí, porque sirve de reclamo, la gente te viene a ver, pero si no cumples las expectativas generas en el público una decepción. Siempre intentamos arriesgar y reinventarnos. Y para eso no tenemos más remedio que rodearnos de gente buena», dice Ollé. ¿Nervios antes del estreno? «Siempre, y malo sería si no los hubiera. Has de estar alerta y no relajarte». Tiene proyectos para aburrir de aquí a 2020 que le van a llevar por todo el planeta: recorrerá París, Turín, Lyon con «Alceste», y convertirá a Marion Cotillard en una santa en «Juana de Arco en la hoguera», una ópera de principios del siglo XX, que llegará al Teatro Real, en la que es coproductor, en 2017 o quizá 2018. Y también traerá a Frankenstein a Madrid. «Me estresa eso de acabar una obra y empezar otra. Es que los años pesan, que ya tengo 57, pero no me puedo quejar porque soy afortunado de tener ese mercado internacional al que es muy difícil decir que no. Ya vendrán años para relajarme, ya vendrán». Palabra de Ollé.



Fuente: La Razón

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